El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.867
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Montecristo tomó en la mano, como para sopesarlos, los cinco pedazos de papel que le presentaba orgullosamente el banquero, y le yó:
El señor regente del Banco de Francia hará pagar a mi orden y sobre los fondos por mí depositados, la cantidad de un millón de francos, valor en cuenta.
Barón Danglars.
-Uno, dos, tres, cuatro, cinco -dijo Montecristo-, ¡cinco millones! ¡Demonio! ¡Y cómo vais, señor Creso!
-Ved de qué modo hago yo mis negocios -dijo Danglars.
-Es maravilloso, y sobre todo si, como no dudo, esa suma se gaga al contado.
-Se pagará -dijo Danglars.
-Es algo magnífico tener semejante crédito. En verdad, sólo en Francia sé ven estas cosas, cinrn miserables pedazos de papel valer cinco millones, es preciso verlo para creerlo.
-¿Dudáis?
-No.
-Es que decís eso con un acento... Haced una cosa, daos el placer de acompañar a mi dependiente al Banco, y le veréis salir con bonos sobre el tesoro por igual cantidad.
-No -dijo Montecristo doblando los cinco billetes-, el asunto es demasiado curioso, y quiero hacer yo mismo la experiencia. Mi crédito en vuestra casa era de seis millones. He tornado novecientos mil francos. Tomo vuestros cinco billetes, que creo pagables solamente con la vista de vuestra firma, y he aquí un recibo general de seis millones que regulariza vuestra cuenta. Lo había preparado de antemano, porque es preciso deciros que tengo hoy gran necesidad de dinero.
Y con una mano metió los billetes en su bolsillo y con la otra alargó su recibo al banquero.
Un rayo que hubiese caído a los pies de Danglars no le hubiera causado mayor espanto.
-¡Qué! -balbució-, señor conde, ¿tomáis ese dinero? Pero dispensad, es dinero que debo a los hospicios, y he ofrecido pagarlo hoy por la mañana.
-¡Ah! -dijo Montecristo-, no importa. No tengo empeño precisamente en que me paguéis con esos billetes, dadme otros valores. Solamente por curiosidad tomé éstos, para poder decir en el mundo que sin aviso alguno, sin pedirme cinco minutos de tiempo, la casa Danglars me había pagado cinco millones al contado. ¡Habría algo notable! Pero tomad vuestros valores, dadme otros.
Y presentó los cinco billetes a Danglars, que, lívido, alargó el brazo para recogerlos, como el buitre alarga la garra por entre los hierros de la jaula para detener la carne que le quitan. De repente mudó de modo de pensar, hizo un esfuerzo violento y se contuvo.
En seguida la sonrisa dibujóse poco a poco en sus labios.
-Después de todo -dijo-, vuestro recibo es dinero.
-¡Oh!, Dios mío. ¡Sí!, y si estuvieseis en Roma, la casa de Thomson y French no os pondría la menor dificultad en pagaros con un recibo mío.
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