El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.860
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-Sí -hizo Noirtier con una expresión tanto más terrible, cuanto que todas las facultades de aquel pobre anciano impotente se concentraban en su mirada.
-¿Conocéis al asesino? -dijo Morrel.
-Sí.
-¿Y vais a guiarnos? -dijo-; escuchemos, señor d´Avrigny, escuchemos.
Noirt ier miró a Morrel con una melancólica sonrisa, una de aquellas que tantas veces habían hecho feliz a Valentina, y fijó con esto sus ojos.
Después, mirando fijamente a su interlocutor, señaló hacia la puerta.
-¿Queréis que salga? -dijo dolorosamente Morrel.
-Sí -hizo Noirtier.
-No me mandéis eso, ¡tened piedad de mí!
Los ojos del anciano permanecieron fijos en la puerta.
-¿Podré volver, al menos? -preguntó Morrel.
-Sí.
-¿Debo irme solo?
-No.
-¿Quién ha de venir conmigo, el procurador del rey?
-No.
-¿El doctor?
-Sí.
-¿Queréis quedaros a solas con el señor de Villefort?
-Sí.
-¿Podrá entenderos?
-Sí.
-¡Oh! -dijo Villefort casi contento, porque la conversación iba a tener lugar solamente entre los dos-, estad tranquilo, comprendo muy bien a mi padre.
Y al hablar con esta expresión de alegría, sus dientes daban unos contra otros.
D´Avrigny tomó del brazo a Morrel y salieron juntos.
Un silencio más profundo que el de la muerte reinaba entonces en aquella casa. Al cabo de un cuarto de hora se oyeron pasos, y Ville fort apareció a la puerta del salón donde se encontraban Maximiliano y d´Avrigny, absorto éste, sofocado aquél.
-Venid -les dijo.
Y les llevó junto al sillón de Noirtier.
Morrel miró atentamente a Villefort.
La cara del procurador del rey estaba lívida. Varias manchas azules se veían en su frente. Tenía en la mano una pluma, que torcida en mil sentidos diferentes, chillaba al hacerse pedazos.
-Señores -dijo con voz ahogada al médico y a Morrel-, señores, ¿me dais vuestra palabra de honor de que este secreto permanecerá sepultado entre nosotros?
Los dos hicieron un movimiento.
-Os lo suplico... -continuó Villefort.
-Pero... -dijo Morrel-, el culpable..., el matador..., el asesino...
=Tranquilizaos, caballero, se hará justicia -dijo Villefort-, mi padre me ha revelado el nombre del culpable, mi padre tiene sed de venganza como vos, y sin embargo, mi padre os conjura también a que guardéis el secreto del crimen. ¿No es cierto, padre?
-Sí -hizo Noirtier.
Morrel dejó escapar un movimiento de horror y de incredulidad.
-¡Oh! -dijo Villefort, deteniendo a Maximiliano por el brazo-, si mi padre, hombre inflexible como conocéis, os lo pide, es porque sabe que Valentina será terriblemente vengada. ¿Es verdad, padre?
-Sí -dijo Noirtier.
Villefort prosiguió:
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