El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.855
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Apagóse la lá mpara y quedó la habitación en la oscuridad más profunda. En medio de ella dio el reloj las cuatro y media.
La envenenadora, espantada, buscó a tientas la puerta y entró en su cuarto con el sudor y la angustia en la frente.
La oscuridad continuó aún durante dos horas.
Poco a poco fue penetrando la claridad en la habitación, pero sin que pudiera permitir aún reconocer los objetos; aumentó y dióles entonces forma sensible.
En la escalera resonó la tos de la enfermera, que entró en el cuarto de Valentina con una taza en la mano.
La primera mirada de un padre o de un amante hubiera sido decisiva. Valentina había muerto. Para aquella mercenaria, Valentina dormía.
-Bueno -dijo acercándose a la mesa de noche-, ha bebido una parte de la poción, el vaso está vacío en sus dos terceras partes.
Fue a la chimenea, encendió fuego, se instaló en un sillón, y aunque salía del lecho, aprovechóse del sueño de Valentina para dormir otras dos horas.
El reloj, que daba las ocho, la despertó.
Extrañada del obstinado sueño en que permanecía la joven, espantada de aquel brazo que colgaba fuera de la cama y que permanecía siempre en la misma postura, se acercó a la cama, y entonces notó que sus labios estaban fríos y helado su pecho.
Trató de levantar el brazo y ponerlo junto al cuerpo, pero el brazo no obedeció; tan tieso estaba ya que no le quedó duda a la enfermera. Dio un espantoso grito y corrió a la puerta.
-¡Auxilio! -gritaba-. ¡Auxilio!
-¡Cómo! ¿Auxilio? -respondió desde abajo la voz de d´Avrigny.
Era la hora en que el doctor tenía costumbre de venir.
-¡Cómo! ¿Auxilio? -gritaba Villefort saliendo precipitadamen te de su despacho-. Doctor, ¿habéis oído gritos de socorro?
-Sí, sí, subamos -respondió d´Avrigny-; es en el cuarto de Va lentina.
Pero antes de que el padre y el doctor Regasen, los criados que estaban en el mismo piso, en los corredores o aposentos inmediatos, entraron todos, y viendo a Valentina pálida a inmóvil sobre su lecho, levantaron sus manos al cielo y temblaron como azogados.
-Llamad a la señora de Villefort, despertadla -gritaba el procurador del rey desde la puerta, sin atreverse a entrar.
Pero los criados, en lugar de responder, miraban al doctor, que había entrado y corrido hacia Valentina, a la que sostenía en sus brazos.
-¡Aun ésta! -murmuró, dejándola caer-. ¡Dios mío! ¡Dios mío. .. ! ¿Cuándo os daréis por satisfecho?
Villefort entró en el cuarto.
-¡Qué decís! ¡Dios mío! -dijo, levantando las manos al cielo -.
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