El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.851
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Retiróse en seguida, sin que el menor ruido advirtiese a ésta de que se había marchado. Vio desaparecer el brazo, nada más, aquel brazo fresco y torneado de una mujer de veinticinco años, joven y bella, y que derramaba la muerte.
Es imposible describir lo que Valentina sufrió durante el minuto y medio que permaneció en su cuarto la señora de Villefort.
El ruido de la uña que rascaba a la puerta sacó a la joven de aquel estado de abatimiento. Levantó con trabajo la cabeza; la puerta siempre silenciosa se abrió de nuevo, y apareció por segunda vez el conde de Montecristo.
-¿Y bien? -preguntó el conde-, ¿todavía dudáis?
-¡Oh! ¡Dios mío! -murmuró la joven.
-¿La habéis visto?
-¡Desdichada!
-¿La habéis conocido?
Valentina lanzó un gemido.
-Sí -dijo -, pero no puedo creerlo.
-¿Entonces, preferís morir y hacer que muera también Maximiliano... ?
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -repitió la joven fuera de sí-, ¿pero no podría yo salir de casa? ¿Salvarme?
-Valentina, la mano que os persigue os alcanzará en todas partes, a fuerza de oro seducirán a vuestros
criados, y la muerte se os aparecerá disfrazada bajo todos aspectos. En el agua que bebiereis, en la fuente
y en la fruta que cogiereis del árbol. -Sin embargo, ¿no me habéis dicho que la precaución de mi abuelo me preservó del veneno? -Contra un veneno, y no empleado en fuerte dosis. Cambiarán de veneno o aumentarán la dosis. Tomó el vaso y lo acercó a sus labios. -Mirad -dijo-, ya lo han hecho: ya no es la brucina: es con un simple narcótico con lo que os envenenan.
Reconozco el sabor del alcohol en que lo han disuelto. Si hubieseis bebido lo que la señora de Villefort ha
echado en vuestro vaso, Valentina, ¡estabais perdida! -¡Pero Dios mío! -dijo la joven-, ¿por qué me persigue así? -¡Cómo! ¿Sois tan ingenua, tan dulce, tan buena, creéis tan poco en el mal, que no lo habéis
comprendido, Valentina? -No -dijo la joven-, jamás he hecho mal a nadie. -Pero sois rica, Valentina, tenéis doscientas mil libras de renta, y se las quitáis al hijo de esa mujer. -¿Y cómo es eso? Mi fortuna no es la suya, proviene de mis abuelos maternos. -Sin duda, y he ahí por qué el señor y la señora de Saint-Merán han muerto; para que los heredaseis
vos; he ahí por qué el día que el señor de Noirtier os constituyó su heredera, fue condenado a muerte: ved por qué vos debéis morir, Valentina, para que vuestro padre herede de vos, y vuestro hermano, siendo hijo único, herede a vuestro padre.
-¡Eduardo!, pobre niño.
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