El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.797
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Noirtier no perdía una palabra de cuanto decía Valentina.
-¿Y qué método seguís para esa enfermedad desconocida?
-Es muy sencillo -dijo Valentina-, todas las mañanas tomo una cucharada de la poción que traen para mi abuelo; cuando digo una cucharada quiero decir que he empezado por una; ahora ya tomo hasta cuatro.
Valentina se sonrió, pero había algo de tristeza y sufrimiento en aquella sonrisa.
Ebrio de amor, Maximiliano la miraba en silencio; era muy hermo sa, pero su palidez había aumentado, sus ojos brillaban con un fuego más ardiente que de costumbre, y sus manos, blancas como el nácar, parecían de cera que una tinta pajiza se apodera de ella con el tiempo.
El joven apartó sus ojos de Valentina y los fijó en el señor Noirtier. Este, con su extraña y profunda inteligencia, contemplaba a la joven absorta en su amor; pero al igual que Morrel, seguía la huella de un sufrimiento secreto y tan poco visible que sólo se revelaba a los ojos del padre y del amante.
-Pero -dijo Morrel-, esa poción de la que habéis llegado a lo. mar cuatro cucharadas, la creo preparada para el señor Noirtier. -Sé que es muy amarga; tanto, que cuanto bebo después me parece que tiene el mismo gusto. Noirtier miró a su nieta con ojos interrogadores. -Sí, abuelo -dijo Valentina-, así es; hace un instante, antes de bajar a vuestro cuarto, bebí un vaso de agua con azúcar; pues bien tuve que dejar la mitad, tan amarga me pareció. Noirtier palideció, a hizo señas de que quería hablar. Valentina se levantó para ir a buscar el diccionario: Noirtier la seguía con la vista con una angustia
indecible.
En efecto, la sangre subía a la cabeza de la joven. Sus mejillas se enrojecieron.
-Es singular -dijo-, me mareo, parece que el sol ha herido mis ojos.
Y se apoyó en la ventana. -No hay sol -dijo Morrel, más inquieto aún por la expresiva cara de Noirtier que por la indisposición de Valentina, y corrió hacia ella. Valentina se sonrió. -¡Tranquilízate, abuelo mío! -dijo a Noirtier-. No os inquietéis, Maximiliano, no es nada, ya pasó; pero
escuchad..., ¿no oís el ruido de un carruaje en el patio de entrada?
Abrió la puerta del cuarto de Noirtier, se asomó a la ventana del corredor y regresó precipitadamente.
-Sí -dijo-, la señora Danglars y su hija que vienen a visitarnos; adiós, me marcho, porque vendrían a buscarme aquí, o mejor dicho, hasta la vuelta; permaneced aquí, Maximiliano, os prometo no tardar.
Maximiliano la siguió con la vista, la observó mientras cerraba la puerta, y la oyó subir por la escalera que conducía al mismo tiempo al cuarto de la señora de Villefort y al suyo.
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