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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.793

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Diez minutos después, el conde de Morcef estaba en el peristilo, vestido con una levita negra, corbatín militar, pantalón y guantes negros.
Según parece, había dado sus órdenes con anterioridad, porque apenas bajaba el último escalón cuando llegó el coche para recibirle; su criado puso en el coche un gabán militar, en el que iban envueltas dos espadas, cerró la puerta y fue a sentarse al lado del cochero.
Este se inclinó para recibir la orden.
-A los Campos Elíseos -dijo el general-, a casa del conde de Montecristo. ¡Pronto!
Los caballos salieron a escape, y cinco minutos después se detuvieron a la puerta del palacio del conde.
El señor de Morcef abrió él mismo la portezuela, saltó al suelo con la agilidad de un joven, llamó y entró seguido de un criado.
Un segundo después Bautista anunciaba al señor de Montecristo al conde de Morcef, y éste, acompañando a Haydée a la escalera, daba orden para que se le hiciera pasar al salón.
El general daba la tercera vuelta por la sala, cuando vio a Montecristo en pie a la puerta.
-¡Ah, es el señor de Morcef... ! Creí haber entendido mal.
-Sí, yo soy -dijo el conde con una espantosa contracción en los labios que le impedía articular claramente.
-Lo único que me falta saber es lo que me proporciona ver al señor de Morcef tan temprano.
-¿Habéis tenido esta mañana un lance con mi hijo, caballero? -dijo el general.
-¿Os habéis enterado? -respondió el conde.
-Y sé que mi hijo tenía excelentes razones para desear batirse con vos, y hacer cuanto pudiera para

mataros. -En efecto, las tenía -dijo el conde-, pero veis que a pesar de ellas no sólo no me ha matado, sino que ni aun se ha batido. -Y, con todo, os creía la causa de la deshonra de su padre, y de las desgracias que en este momento
abruman su casa. -Es verdad -dijo Montecristo con su inalterable tranquilidad-, causa secundaria y no principal. -Seguramente le habéis dado alguna excusa o explicación. -No le he dado ninguna explicación, y él es el que me ha presentado sus excusas. -¿Pero a qué atribuir esta conducta? -A la convicción de que había en esto un hombre más culpable que yo. -¿Y quién es ese hombre? -Su propio padre. -Sea -dijo el conde palideciendo-, pero sabéis que aun el más culpable no gusta de verse convencido de
culpabilidad. -Lo sé, y por eso esperaba lo que sucede en este momento. -¡Esperabais que mi hijo fuera un cobarde... ! -gritó el conde. -Alberto de Morcef no es ningún cobarde -dijo Montecristo. -Un hombre que tiene una espada en la mano y a su punta ve a un enemigo y no se bate, es un cobarde.


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