El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.782
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¿Creéis que siento perder la vida? ¿Qué me importa morir o vivir cuando he pasado veinte años entre la vida y la muerte? Además, estad tranquilo, Morrel; esta debilidad, si lo es, es sólo para vos. Sé que el mundo es un gran salón del que es necesario salir con cortesía, saludando y pagando sus deudas de juego.
-Sea enhorabuena, eso se llama hablar razonablemente -le dijo Morrel-; a propósito, ¿habéis traído
vuestras armas? -¡Yo! ¿Para qué? Espero que esos señores traerán las suyas. -Voy a informarme -dijo Morrel. -Sí; pero nada de negociaciones, ¿entendéis? -Sí; descuidad. Morrel se dirigió hacia Beauchamp y Chateau-Renaud; éstos, al ver el movimiento de Maximiliano, se
adelantaron a su encuentro; saludáronse los tres jóvenes, si no con afabilidad, al menos con cortesía. -Perdón, señores -dijo Morrel-, pero no veo al señor Morcef. -Esta mañana nos ha avisado que vendría a reunirse con nosotros sobre el terreno. -¡Ah! -dijo Morrel. -Son las ocho y cinco minutos; todavía no hay tiempo perdido, señor de Morrel -dijo Beauchamp. -¡Oh! -dijo Maximiliano-, no lo he dicho con esa intención. -Además -añadió Chateau-Renaud-, he allí un carruaje. Efectivamente, venía un carruaje al gran trote hacia el sitio en que ellos estaban. -Señores -dijo Morrel-,sin duda habréis traído vuestras pistolas. El señor de Montecristo dice que
renuncia al derecho que tiene de servirse de las suyas.
-Habíamos previsto que el conde tendría esta delicadeza, señor de Morrel -dijo Beauchamp -; he traído armas que comp ré hace ocho días, creyendo las necesitaría para un asunto como éste. Son nuevas, y no han servido aún. ¿Queréis examinarlas?
-¡Oh!, señor Beauchamp -dijo Morrel-, me aseguráis que el señor de Morcef no conoce esas armas y
podéis creer que vuestra palabra me basta. -Señores -dijo Chateau-Renaud-, no era Morcef el que llegaba en aquel coche: son Franz y Debray. En efecto, se acercaban los dos hombres acabados de nombrar. -Vosotros aquí, caballeros -les dijo Chateau-Renaud-, ¿y por qué casualidad? -Porque Alberto nos ha rogado que esta mañana nos encontrásemos aquí. Beauchamp y Chateau-Renaud se miraron asombrados. -Señores -dijo Morrel-, me parece que lo comprendo. -Veamos. -Ayer a mediodía recibí una carta del señor de Morcef, en la que me rogaba no faltase al teatro. -Y yo también -dijo Debray. -Y yo -exclamó Franz. -Y también nosotros -dijeron Beauchamp y Chateau-Reanud. -Sí, eso es -dijeron los jóvenes-; Maximiliano, según todas las probabilidades, habéis acertado. -Sin embargo, Alberto no llega, y ya se retrasa de diez minutos -dijo Chateau-Renaud. -Allí viene -dijo Beauchamp-, y a caballo; miradlo, corre a escape, y le sigue su criado. -¡Qué imprudencia, venir a caballo para batirse a pistola, y yo que le he enseñado lo que debía hacer! -Y además -añadió Beauchamp -,con el cuello por encima de la corbata, frac abierto y chaleco blanco;
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