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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.781

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-¿Mis sentimientos?-dijo Monte-Crísto.
-O vuestra generosidad, amigo mío; seguro, como estáis, de vuestro golpe, os diría una cosa que sería ridícula si la dijese a otro.
-¿Cuál?
-Rompedle un brazo, heridle, pero no le matéis.
-Morrel, escuchad aún -dijo el conde-: no tengo necesidad de que intercedan por el señor de Morcef; el señor de Morcef, os lo pre vengo, volverá tranquilo con sus dos amigos, mientras que yo...
-¿Y bien, vos?
-A mí me traerán.
-¡Vamos, pues! -gritó Maximiliano exasperado.
-Como os lo digo, mi querido Morrel, el señor de Morcef me matará.
Morrel miró al conde como un hombre a quien no se comprende.
-¿Qué os ha sucedido de ayer tarde acá, conde?
-Lo que a Bruto la víspera de la batalla de Filipos: he visto un fantasma.
-¿Y ese fantasma?
-Ese fantasma, Morrel, me ha dicho que ya he vivido bastante. Maximiliano y Manuel se miraron; Montecristo sacó el reloj.
-Vámonos -dijo -, son las siete y cinco minutos, y la cita es a las ocho en punto.
Le esperaba un coche. Montecristo subió a él con sus dos testigos. Al atravesar el corredor, el conde se detuvo a escuchar junto a una puerta, y Maximiliano y Manuel, que, por discreción, siguieron andando, creyeron oírle suspirar.
A las ocho en punto llegaron al lugar de la cita.
-Henos aquí -dijo Morrel, asomándose por la ventanilla del coche-, y somos los primeros.
-El señor me perdonará -dijo Bautista, que había seguido a su amo con un terror indecible-, pero me parece que hay alli un coche entre los árboles.
Montecristo saltó al suelo con ligereza y dio la mano a Manuel y Maximiliano para ayudarlos a bajar. Maximiliano retuvo entre las suyas la mano del conde.
-He aquí -dijo-, una mano como me gusta ver en un hombre que confía en la bondad de su causa.
-En efecto -dijo Manuel-, creo que allí hay dos jóvenes que esperan.
Montecristo, sin llamar aparte a Morrel, se separó dos o tres pasos de su cuñado.
-Maximiliano -le preguntó-, ¿tenéis el corazón libre?
Morrel miró a Montecristo con admiración.
-No exijo de vos una confesión, mi querido amigo, os hago solamente una sencilla pregunta.
-Amo a una joven, conde.
-¿Mucho?
-Más que a mi propia vida.
-Vamos -dijo Montecristo-, he aquí una esperanza perdida -y añadió suspirando:- ¡Pobre Haydée...!
-En verdad, conde, que si no supiese lo valiente que sois, dudaría.
-¡Porque pienso en alguien que voy a dejar y porque suspiro! Morrel, un soldado debe tener más conocimientos en cuanto a valor.


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