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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.779

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-Haydée -dijo-, ¿habéis leído?
En efecto, la joven, a quien hizo despertar la luz del día que hería sus párpados, se había levantado, y acercándose al conde sin que se percibiesen sus ligeros pasos sobre la alfombra:
-¡Oh, mi señor! -dijo juntando las manos-, ¿por qué escribís a estas horas? ¿Por qué me legáis toda vuestra fortuna? ¿Os vais a separar de mí?
-Tengo que hacer un viaje -dijo Montecristo con una expresión de inefable ternura-, y si me sucediese una desgracia...
El conde se detuvo.
-¿Y bien? -preguntó la joven con un tono de autoridad que el conde no le conocía aún.
-¡Y bien!, si me sucede una desgracia, quiero que mi hija sea dichosa.
Haydée sonrió con tristeza.
-Pues bien, si morís -dijo-, legad vuestra fortuna a otros, porque si morís no tengo necesidad de nada.
Y tomando el papel lo hizo pedazos y lo arrojó en medio del salón; pero aquel esfuerzo la debilitó totalmente y cayó desmayada.
Montecristo la levantó en los brazos, y viendo sus bellos ojos cerrados y su hermoso semblante inanimado, le ocurrió por primera vez la idea de que quizá le amaba de otro modo distinto del de una hija.
-¡Ay! -murmuró-, aún hubiera podido ser dichoso.
Llevó a Haydée hasta su cuarto, y desmayada aún la entregó a sus criadas; volvió a su gabinete, y cerrando la puerta volvió a escribir el testamento.
Al terminar, oyó el ruido de un coche que entraba; acercóse a la ventana y vio bajar a Maximiliano y Manuel.
-¡Bueno! -dijo-, ya era tiempo -y cerró su testamento, poniéndole tres sellos. Un momento después se oyó ruido en el salón, y fue él mismo a abrir la puerta; presentóse Morrel, que se había adelantado veinte minutos a la hora de la cita.
-Quizá vengo muy temprano, señor conde -dijo--, pero os confesaré francamente que no he podido dormir un minuto, y lo mismo ha sucedido a todos los de casa. Tenía necesidad de veros tranquilo y animado tan valiente como siempre, para volver conmigo.
Montecristo no pudo resistir a esta prueba de afecto, y no fue la mano la que alargó al joven, sino los brazos los que abrió.
-Morrel -le dijo emocionado-, es un hermoso día para mí, pues que me veo amado de este modo por un hombre como vos. Buenos días, Manuel. ¿Conque venís conmigo, Maximiliano?
-¡Vive Dios! -dijo el capitán-. ¿Lo habíais dudado?
-Pero si yo no tuviese razón...
-Escuchad: ayer os estuve observando durante toda la escena de la provocación; he pensado toda la noche en vuestra serenidad, y he


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