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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.774

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-Vengaos, Edmundo -gritó la pobre madre-, vengaos sobre los culpables, sobre él, sobre mí, pero no sobre mi hijo.
-Está escrito en libro santo -respondió Montecristo-. «Las faltas de los padres caerán sobre sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación.» Puesto que Dios ha dictado estas palabras a su profeta, ¿por qué seré yo mejor que Dios?
-Porque Dios es dueño del tiempo y de la eternidad, y estas dos cosas escapan a los hombres.
Montecristo dio un suspiro que parecía un rugido, y se mesó los cabellos con desesperación.
-Edmundo -continuó Mercedes -. Edmundo, desde que os conozco he adorado vuestro nombre, he respetado vuestra memoria. Ami go mío, no endurezcáis la imagen noble y pura que guardo en mi cora­zón. ¡Si supieseis los fervientes ruegos que he dirigido a Dios mien tras os creí vivo y después muerto! Sí, muerto; me parecía ver vuestro cadáver sepultado en lo más hondo de una sombría torre, creía ver vuestro cuerpo precipitado en uno de aquellos abismos en que los carceleros arrojan a los prisioneros muertos, ¡y lloraba...! ¿Qué otra cosa podía yo hacer, Edmundo, sino llorar y orar? Escuchadme: durante diez años he tenido todas las noches el mismo sueño: dijeron que habíais querido evadiros, que tomasteis el puesto de uno de los presos que murió, y que arrojaron al vivo desde lo alto de la fortaleza de If; y que el grito que disteis al haceros pedazos contra las rocas lo descubrió todo. Pues bien, os juro, Edmundo, por la vida del hijo por quien os imploro, que durante diez años esa escena se ha presentado
a mi imaginación todas las noches, y he oído ese grito terrible que me hacía despertar temblando, despavorida; ¡y yo también, Edmundo, creedme, yo también, por criminal que sea, yo también he sufrido mucho... !
-¿Habéis perdido vuestro padre estando ausente? -preguntó Montecristo-, ¿habéis visto a la mujer que amabais dar su mano a vuestro rival mientras os hallabais en un lóbrego calabozo?
-No -interrumpió Mercedes-, no; pero he visto al hombre que amaba, dispuesto a ser el matador de mi hijo.
Mercedes pronunció estas palabras con un dolor tan intenso y un acento tan desesperado, que un suspiro desgarrador brotó de la garganta del conde.
El león estaba amansado; el vengador, vencido.
-¿Qué me pedís, que vuestro hijo viva? Pues bien, vivirá.
Mercedes profirió un grito que hizo saltar dos lágrimas de los párpados del conde, pero aquellas dos lágrimas desaparecieron muy pronto, porque sin duda Dios había enviado un ángel para recogerlas, sien­do mucho más preciosas a los ojos del Señor que las más hermosas perlas de Guzarate y de Ofir.


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