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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.771

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-¿Quién sois, señora? -preguntó el conde a la mujer cubierta aún con el velo.
La desconocida miró en derredor para asegurarse de que estaban solos, a inclinándose después como si hubiese querido arrodillarse, juntando las manos y con el acento de la desesperación:
-¡Edmundo -dijo-, no matéis a mi hijo!
El conde retrocedió; un grito se escapó de sus labios, y dejó caer el arma que tenía en la mano.
-¿Qué nombre acabáis de pronunciar, señora de Morcef? -dijo.
-El vuestro -respondió levantando su velo-, el vuestro, que solamente yo no he olvidado. Edmundo, no es la señora de Morcef la que viene a veros; es Mercedes.
-Mercedes murió, señora, y no conozco ya a ninguna de ese nombre.
-Mercedes vive, y Mercedes se acuerda de vos; no sólo os conoció al veros, sino aun antes, al sonido de vuestra voz; desde entonces os sigue Paso a paso, vela sobre vos y os teme; ella no ha tenido necesidad de adivinar de dónde salió el golpe que ha herido al señor de Morcef.
-Fernando, queréis decir, señora -prosiguió Montecristo con amarga ironía-, puesto que recordamos nuestros nombres propios, recordémoslos todos.
Y Montecristo pronunció aquel Fernando con tal expresión de odio, que Mercedes sintió un frío temblor que se apoderaba de todo su cuerpo.
-Bien veis, Edmundo, que no me había engañado y que con razón os decía: ¡no matéis a mi hijo!
-¿Y quién os ha dicho, señora, que yo quiero hacer algún daño a vuestro hijo?
-¡Nadie, Dios mío!, pero una madre está dotada de doble vista: todo lo he adivinado, le he seguido esta noche a la Opera, y oculta en un palmera, lo he visto todo.
-Así, pues, ya que lo habéis visto todo, ¿habréis visto también que el hijo de Fernando me ha insultado públicamente? -dijo Montecristo con una calma terrible.
-¡Oh! ¡Por piedad!´
-Ya habéis visto que me habría arrojado el guante a la cara si uno de mis amigos, el señor Morrel, no le hubiese detenido el brazo.
-Escuchadme: mi hijo todo lo ha adivinado, y os atribuye las desgracias de su padre.
-Señora -dijo Montecristo--, os engañáis, no son desgracias, es un castigo; no he sido yo, ha sido la
Providencia la que ha castigado al señor de Morcef.
-¿Y por qué sustituís vos a la Providencia? -exclamó Mercedes-. ¿Por qué os acordáis, cuando ella olvida? ¿Qué os importan a vos, Edmundo, Janina y su visir? ¿Qué mal os hizo Fernando Mondego al hacer traición a Alí-Tebelín?
-Pero eso, señora, es un asunto que concierne al capitán franco y a la hija de Basiliki.


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