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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.769

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-Lo cual significa que vendríais de comer juntos -respondió Montecristo riéndose-, me alegro de ver que habéis sido más sobrio que él.
-Convengo en que Alberto no ha tenido razón para arrebatarse de aquel modo, y yo por mi parte vengo a presentaros mis excusas: ahora que están hechas las mías, oíd, señor conde, os diré que os supongo demasiado galante para rehusar el dar alguna explicación de vuestras relaciones con la gente de Janina; y después añadiré dos palabras sobre esa joven griega.
Montecristo le hizo seña de que bastaba.
-Vamos -dijo riéndose-, he aquí todas mis esperanzas destruidas.
-¿Por qué? -preguntó Beauchamp.
--Claro, me habéis creado una reputación de excentricidad; soy,
según vos, un Lara, un Manfredo, un lord Ruthwen; y después de pasar por excéntrico, echáis a perder vuestro tipo, y queréis hacerme un hombre cualquiera, común, vulgar: me pedís explicaciones, en fin.
Vamos, señor Beauchamp, queréis reíros.
-Sin embargo, hay ocasiones -respondió Beauchamp con altanería-, en que el honor manda...
-Señor de Beauchamp -le interrumpió aquel hombre extraño-, quien manda al conde de Montecristo es el conde de Montecristo; así, pues, no hablemos más de eso, si gustáis; hago lo que quiero, y creedme, siempre está bien hecho.
-Caballero, no se paga a hombres de honor con esa moneda, y éste exige garantías.
-Yo soy una garantía viva -respondió Montecristo, impasible; pero sus ojos centelleaban amenazadores--. Los dos tenemos en nues tras venas sangre que deseamos derramar; he aquí nuestra mutua garantía; llevad esta respuesta al vizconde, y decidle que mañana antes de las diez habré visto correr la suya.
-Sólo me resta, pues -dijo Beauchamp-, fijar las condiciones del combate.
-Me son del todo indiferentes -dijo el conde-, y era inútil venir a distraerme durante el espectáculo por tan poca cosa. En Francia se baten con espada o pistola, en las colonias con carabina y en Arabia con puñal. Decid a vuestro ahijado que aunque insultado, para ser excéntrico hasta el fin, le dejo el derecho de escoger las armas, y que aceptaré cualquiera sin distinción, cualquiera, entendéis bien, todo, todo; hasta el combate por suerte, que es lo más estúpido; pero yo estoy seguro de una cosa, y es que ganaré.
-Está seguro de ganar -dijo Beauchamp, mirando espantado al conde.
-¡Eh!, ciertamente -dijo Montecristo, alzando ligeramente los hombros-,sin eso no me batiría con el señor de Morcef. Le mataré, es preciso, y sucederá. Os suplico tan sólo que me enviéis esta noche dos líneas, indicándome las armas y la hora, pues no me gusta que me esperen.
-La pistola; a las ocho de la mañana en el bosque de Bolonia -dijo Beauchamp sin saber si tenía que habérselas con un fanfarrón charlatán o con un ser sobrenatural.


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