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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.764

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esto que de vergüenza. -¿Estáis bien decidido, Alberto? -Vamos. -Creo, sin embargo, que no le encontraremos. -Debía salir para París pocas horas ya habrá llegado. Subieron al carruaje, que les condujo a la entrada de los Campos Elíseos, número 30. Beauchamp
quería bajar solo; pero Alberto le hizo observar que, saliendo este asunto de las reglas ordinarias, le era permitido separarse de las reglas de etiqueta del duelo. Era tan sagrada la causa que hacía obrar al joven, que Beauchamp no sabía oponerse a sus deseos; cedió, y se contentó con seguirle.
De un salto plantóse Alberto del cuarto del portero a la escalera; abrióle Bautista. El conde acababa de llegar, estaba en el baño, y había dicho que no recibiese a nadie. -¿Y después del baño? -preguntó Morcef. -El señor conde comerá. -¿Y después de comer? -Dormirá por espacio de una hora. -¿Y a continuación? -Irá a la ópera.
-¿Estáis seguro?
-Sí, señor; ha mandado que el carruaje esté listo a las ocho en punto.
-Muy bien -dijo Alberto-, es cuanto deseaba saber.
Y volviéndose en seguida a Beauchamp:
-Si tenéis algo que hacer, querido mío, despachad vuestras diligencias en seguida; si tenéis alguna cita

para esta noche, aplazadla hasta mañana. Cuento con que me acompañaréis esta noche a la ópera, y que si podéis haréis que venga con vos Chateau-Renaud. Beauchamp aprovechó el permiso, y se despidió de Alberto, ofreciéndole que iría a buscarle a las ocho
menos cuarto. Alberto volvió a su casa, y avisó a Franz y a Debray que deseaba verles por la noche en la ópera. Fue en seguida a ver a su madre, que desde el acontecimiento del día anterior no salía de su cuarto ni
permitía entrar a nadie:, hallóla en cama, abismada por el dolor de aquella pública humillación. La vista de Alberto produjo en Mercedes el efecto que debía esperarse; apretó la mano de su hijo, y prorrumpió en copioso llanto. Las lágrimas la aliviaron.
Alberto permaneció un momento en pie y sin proferir una palabra junto a la cama de su madre. Veíase en su pálida cara y sus fruncidas cejas que el deseo de venganza se arraigaba cada vez más en su corazón.
-Madre mía-dijo Alberto-, ¿conocéis algún enemigo del señor Morcef?
Mercedes se estremeció al notar que el joven no había dicho «mi padre».
-Hijo mío -le dijo-, las personas de la posición del conde tie nen muchos enemigos a quienes no conocen, y éstos, como sabéis, son los más temibles.
-Lo sé, y por eso recurro a vuestra perspicacia; sois, madre mía,
una mujer tan superior, que nada se os oculta.
-¿Por qué me decís eso?


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