El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.762
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-¿A Janina?
-Sí, ¿quién ha escrito pidiendo informes sobre mi padre?
-Me parece que todo el mundo puede escribir a Janina.
-Una sola persona ha sido quien lo ha hecho.
-¿Una sola?
-Sí, y ésa sois vos.
-He escrito sin duda; me parece que cuando un padre va a casar a una hija, tiené derecho a tomar
informes sobre la familia del joven a quien va a unirla, y esto no sólo es un derecho, sino un deber.
-Habéis escrito -d ijo Alberto- sabiendo muy bien la respuesta que os darían.
-¡Yo!, ¡ah!, os juro -dijo Danglars con una confianza y una seguridad hijas, menos quizá de su miedo,
que de la compasión que sentía por el desgraciado joven-, os juro que jamás habría pensado en escribir a
Janína. ¿Conocía por ventura la catástrofe de Alí. Bajá?
-Entonces alguien os incitó para ello.
-Desde luego.
-¿Os han incitado?
-Sí.
-¿Y quién...? acabad...
-Es muy sencillo: hablaba de los antecedentes de vuestro padre; decía que el origen de su fortuna había permanecido siempre ignorado, la persona me preguntó dónde había adquirido vuestro padre su fortuna y respondí que en Grecia; ¡pues bien! -me dijo-, escribid a Janina.
-¿Y quién os dio ese consejo?
-El conde de Montecristo, vuestro amigo.
-¿El conde de Montecristo os dijo que escribieseis a Janina?
-Sí, y así lo hice. Si queréis ver mi correspondencia, os la enseñaré.
Alberto y Beauchamp cambiaron una mirada.
-Caballero -dijo Beauchamp, que hasta entonces no había tomado la palabra -, parece que acusáis al conde, que se halla ausente de París, y que en este momento no puede justificarse.
-No acuso a nadie; digo la verdad, y repetiré delante del conde de Montecristo cuanto acabo de deciros ahora.
-¿Y el conde conoce la respuesta que recibis teis?
-Se la enseñé.
-¿Sabía que el nombre de pila de mi padre era Fernando y su apellido Mondego?
-Sí, se lo había dicho yo hace tiempo; por lo demás, no he hecho más que lo que haría cualquier otro en mi lugar, y aun quizá menos. Cuando al día siguiente de recibida esta respuesta, vuestro padre, incitado por Montecristo, vino a pedirme mi hija como se acostumbra, se la negué, es verdad, y se la negué sin darle motivos, sin explicaciones, sin ruido; ¿y qué necesidad tenía yo de un escándalo? ¿Qué me importaba a mí el honor o el deshonor del señor de Morcef? Esto no haría alzar ni bajar la renta.
Alberto sintió que el rubor encendía sus mejillas; no había duda, Danglars se defendía con bajeza, pero con la seguridad de un hombre que dice si no toda la verdad, gran parte de ella, no por conciencia, sino por miedo; y además, ¿qué era lo que buscaba Morcef? No la mayor o menor culpabilidad de Danglars o Montecristo, sino un hombre que le respondiese de la ofensa, que se batiese, y claro era ya que Danglars no s e batiría.
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