El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.754
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» El presidente leyó la siguiente misiva:
« Señor presidente:
» Puedo dar datos positivos a la comisión encargada de examinar la conducta que el teniente general, conde de Morcef, observó en Epiro y Macedonia.»
» El presidente hizo una breve pausa.
» El conde de Morcef palideció; el presidente interrogó con la vista al auditorio.
-Continuad -dijeron todos a una vo z.
«Asistí a los últimos momentos de Alí-Bajá; sé cuál fue la suerte de Basiliki y Haydée; estoy a las órdenes de la comisión, y reclamo el honor de que se me oiga. Estaré en el vestíbulo de la Cámara en el momento en que os entreguen esta carta.»
» -¿Y quién es ese testigo, o por mejor decir, ese enemigo? -in quirió el conde con voz profundamente alterada.
» -Vamos a saberlo -contestó el presidente-. ¿Quiere oír la comisión a ese testigo?
» -¡Sí, sí! -contestaron todos a una.
» El presidente llamó al ujier y le preguntó si había alguna persona esperando en el vestíbulo.
» -Sí, señor presidente.
» -¿Quién es esa persona?
» -Una señora con un criado.
» Y todos le miraron.
» Cinco minutos después volvió a entrar el ujier; todas las miradas se dirigían a la puerta, y yo mismo -dijo Beauchamp - participaba de la ansiedad general.
» Detrás del ujier entró una mujer cubierta con un gran velo negro. Fácilmente se adivinaba, por las formas y por los perfumes que exhalaba, que era una mujer joven y elegante.
» -¡Ah! -dijo Morcef-, era ella.
» -¿Cómo, ella?
» -Sí: Haydée.
» -¿Quién os lo ha dicho?
» -¡Ah!, lo adivino. Pero continuad, Beauchamp, continuad. Ya veis que estoy tranquilo y resignado, y sin embargo, nos vamos acercando al desenlace.
» -El señor de Mórcef -continuó Beauchamp- contemplaba a aquella mujer con sorpresa y espanto. Para él era la vida o la muerte lo que de aquella encantadora boca iba a salir; para los demás era una aventura tan extraña y tan llena de curiosidad, que la salvación o la pérdida del señor de Morcef no entraba ya en tan extraordinario suceso más que como un elemento secundario.
» El presidente indicó a la joven con la mano que tomase asiento, y ella contestó con la cabeza que
permanecería de pie.
» El conde estaba sentado en el sillón, y es bien seguro que no hubieran podido sostenerle las piernas.
» -Señora -dijo el presidente-, habéis escrito a la comisión para darle datos acerca del asunto de Janina, diciendo que habíais sido testigo ocular de los acontecimientos.
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