El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.751
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¡Ah!, ¡ojalá, en lugar de semejante justificación, me fuese permitido derramar toda mi sangre, para probar a mis nobles compañeros que soy digno de sentarme a su lado!
Tales palabras produjeron en el auditorio una impresión favorable para el acusado.
-Pido -dijo- que la sumaria información se forme lo más pronto posible, y yo exhibiré ante la Cámara los documentos necesarios.
-¿Qué día señaláis para eso? -preguntó el presidente.
-Desde este momento estoy a la disposición de la Cámara.
El presidente tocó la campanilla.
-¿La Cámara -prosiguió- quiere que esta sumaria informa ción se efectúe hoy mismo?
-Sí -fue la unánime respuesta de la asamblea.
Nombróse una comisión integrada por doce miembros para exa minar los documentos que debía presentar Morcef; se señaló la hora en que debía celebrarse la primera sesión, y se fijó la de las ocho de la noche, en la sala de comisiones de la Cámara, y se determinó que si fuesen necesarias más sesiones, se celebrasen a la misma hora.
Tomada esta resolución, Morcef pidió permiso para retirarse; debía coordinar los documentos que, para hacer frente a esta tempestad, había guardado durante tanto tiempo; pues su genio cauteloso y previsor la esperaba siempre.
Beauchamp contó al joven cuanto acabamos de referir; sólo que su relato tuvo de ventaja sobre el nuestro la animación producida en él por la amistad.
Alberto le escuchó temblando, tan pronto de esperanza como de cólera, y algunas veces de vergüenza; pero Beauchamp sabía que su padre era culpable, y se preguntaba cómo siéndolo podría llegar a pro bar su inocencia.
-¿Y después? -preguntó Alberto.
-¿Después? -dijo Beauchamp.
-Sí.
-Amigo mío, eso sí me pone en un terrible compromiso. ¿Queréis saber lo que sucedió?
-Es preciso; prefiero que seáis vos el que me lo cuente, a saberlo por cualquier otro conducto.
-Bien -dijo Beauchamp -, preparaos, Alberto; jamás habéis tenido tanta necesidad como ahora de demostrar vuestro valor.
Alberto pasó la mano por su frente, para asegurarse de su propia fuerza, como el hombre que se prepara a defender su vida, prueba su corazón y la hoja de su espada. Sintióse fuerte, porque tomaba por energía lo que no era más que un estado febril.
-Continuad -dijo.
-Llegó la noche -siguió diciendo Beauchamp -, todo París esperaba el resultado.
» Muchos había que decían que vuestro padre no necesitaba más que presentarse para echar por tierra la acusación; otros decían que el conde no se presentaría, y otros aseguraban por último haberle visto partir para Bruselas; algunos hubo que fueron a la policía a preguntar si era verdad que el conde había sacado su pasaporte.
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