El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.747
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No era ya el mismo hombre; cinco minutos habían sido suficientes para producir una triste metamorfosis en Alberto; había salido del cuarto en estado normal; volvió a entrar con la voz alterada, la cara enrojecida, los ojos centelleantes y el modo de andar incierto de un hombre ebrio.
-Conde -dijo-, os doy las gracias por vuestra generosa hospitalidad, hubiera deseado disfrutar de ella más tiempo, pero me es pre ciso volver a París.
-¿Pues qué ha ocurrido?
-Una gran desgracia; mas permitidme que me vaya: se trata de una cosa que es mil veces más preciosa que la vida; no me preguntéis, conde, os lo suplico; mandad, eso sí, que me den un caballo.
-Todos los míos están a vuestra disposición, vizconde, pero vais a destrozaros corriendo la posta a caballo; tomad mi silla, o si no un cabriolé.
-No; tardaría más, y además, ese mismo cansancio me hará bien, no temáis.
Dio una vuelta en derredor, como un hombre herido por una bala, y fue a caer en un sillón junto a la puerta. Montecristo no vio este segundo momento de debilidad porque estaba asomado a la ventana, gritando:
-Alí, un caballo para el señor de Morcef; pronto, que lleva prisa.
Estas palabras volvieron la vida a Alberto, lanzóse fuera del cuarto y el conde le siguió.
-Gracias --dijo el joven montando a caballo-, venid tras de mí, lo más pronto que podáis, Florentín. ¿Qué debo decir para que continúen dándome caballos?
-Nada, basta que vean el que montáis para que os ensillen inme diatamente otro.
Alberto iba a partir, pero se detuvo.
-Pensaréis que mi viaje es extraño -dijo el joven-, no comprenderéis cómo algunas líneas escritas en un periódico han podido reducir a un hombre a la desesperación. Pues bien -añadió dándole el periódico-, leed eso, pero solamente cuando yo me haya marchado, a fin de que no veáis mi confusión.
Y mientras el conde recibía el periódico, hincó las espuelas al caballo, que admirado de que hubiese jinete que pudiese creer que las necesitaba, partió a escape, veloz como una flecha.
Siguióle el conde con la vista, y su mirada expresaba un sentimiento de compasión indefinible, y cuando desapareció leyó lo siguiente en el periódico:
El oficial francés al servicio de Alí-Bajá, de Janina, de que hablaba hace tres semanas El Imparcial, y que no solamente vendió el castillo de Janina, sino que entregó a los turcos a su bienhechor, se llamaba, efectivamente, Fernando en aquella época, como dijo nuestro honorable colega, pero después agregó a su nombre un título de nobleza y el de una de sus tierras.
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