El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.743
Indice General
|
Volver
Página 743 de 970
-Oídme bien -respondió Morcef-, os lo he dicho y os lo repito: es preciso que seáis un hombre muy superior.
-¡Oh!
-Sí; porque mi madre ha sido subyugada por vos, le inspiráis un gran interés, y cuando estamos solos no hace sino hablarme de vos.
-¿Os dice que desconfiéis de Manfredo?
-Al contrario, me dice: Morcef, creo al conde noble y generoso, procura que lo quiera.
Montecristo volvió la vista y lanzó un suspiro.
-¡Ah! , verdaderamente -dijo.
-De suerte que -continuó Alberto-, conoceréis que lejos de oponerse a mi viaje, lo aprobará, puesto que entra en las recomendaciones que me hace diariamente.
-Id, pues -dijo Montecristo-, y hasta la tarde: estad aquí a las cinco, llegaremos allá a las doce o a la una, a más tardar.
-¡Cómo! ¿A Treport?
-A Treport o a sus cercanías.
-¿No necesitáis más que ocho horas para andar cuarenta y ocho leguas?
-Y aún es mucho -dijo Montecristo.
-Desde luego. Sois el hombre de los prodigios, y conseguiréis no sólo ir más veloz que los vagones de los trenes, lo que en Francía no es muy difícil, sino que sobrepujaréis en velocidad al telégrafo.
-Con todo, vizconde, como necesitamos siete a ocho horas para llegar allá, sed puntual.
-Descuidad, no tengo hasta esa hora ninguna otra cosa más que hacer que preparar mi viaje.
-Hasta las cinco, pues.
-Hasta las cinco.
Alberto salió. Montecristo, después de saludarle sonriendo, permaneció un instante pensativo y como absorto en una profunda meditación; finalmente, pasando la mano por su frente, como para apartar una molesta idea, se levantó, se acercó a un timbre y llamó dos veces.
Entró Bertuccio.
-Señor Bertuccio -le dijo-, no es ya mañana o pasado mañana, como había pensado antes, sino esta tarde mismo, cuando quiero salir para Normandía; desde ahora hasta las cinco tenéis tiempo sobrado; haced que estén prevenidos los palafreneros del primer relevo; el señor de Morcef me acompaña, id pues.
Bertuccio obedeció; un postillón salió a escape a Poutoise para decir que a las seis en punto pasaría la silla de posta; desde Poutoise transmitió el aviso al relevo siguiente, y así continuó de relevo en re levo, de suerte que seis horas después todos estaban advertidos y prontos.
Antes de salir, el conde subió a ver a Haydée, le anunció su viaje y puso toda la casa a su disposición. Alberto fue puntual; el viaje, triste al principio, se modificó poco a poco: Morcef no tenía idea de un modo de viajar tan acelerado y al mismo tiempo cómodo; manifestólo así al conde, y éste le dijo: -Es cierto, no podéis tener idea de este modo de viajar con vuestras postas, que corren solamente dos leguas por hora, y mucho me nos con la estúpida ley que prohíbe que ningún viajero pase antes que otro, de modo que un enfermo o majadero detiene y encadena, por decirlo así, tras él a los demás, aunque éstos, sanos y alegres, quieran correr doble; para evitar estos inconvenientes viajo siempre con postillones y caballos míos.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
701
702
703
704
705
706
707
708
709
710
711
712
713
714
715
716
717
718
719
720
721
722
723
724
725
726
727
728
729
730
731
732
733
734
735
736
737
738
739
740
741
742
743
744
745
746
747
748
749
750
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-700
701-750
751-800
801-850
851-900
901-950
951-970
|