El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.738
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-Alberto, me comprendéis ahora, ¿no es verdad? He querido verlo todo y juzgar por mí mismo, esperando que la explicación sería fa vorable a vuestro padre, y que yo podría hacerle justicia. Pero, por el contrario, todos los que me han informado aseguran que ese oficial instructor, ese Fernando Mondego, elevado por Alí-Bajá al título de general gobernador, es el mismo que hoy se llama el conde Fernando de Morcef. Entonces he corrido a vos, recordando que hace tres años me dispensasteis el honor de llamarme vuestro amigo.
Alberto, hundido en un sillón, ocultaba sus ojos con las manos, como si quisie se impedir que penetrase hasta ellos la claridad del día.
-He corrido a vos -continuó Beauchamp - para deciros: Alberto, las faltas de nuestros padres en estos tiempos de acción y de reacción, no pueden llegar hasta sus hijos; pocos han atravesado la revolución, en medio de la cual hemos nacido, sin que su uniforme de soldado o su toga de juez hayan sido manchados de lodo o sangre. Alberto, ahora que tengo todas las pruebas, ahora que soy dueño de vuestro secreto, nadie en el mundo puede obligarme a un combate que estoy seguro que vuestra conciencia os echaría en cara coma un crimen, pero lo que podéis exigir de mí, vengo a ofrecéroslo. ¿Queréis que desaparezcan estas pruebas, estas revelaciones, estas declara ciones que yo sólo poseo? ¿Este espantoso secreto, queréis que permanezca oculto entre los dos? Confiad en mi palabra de honor. Nunca saldrá de mis labios. Decid, Alberto, ¿lo queréis? Decid, ¿lo queréis, amigo mío?
-¡Ah! ¡Noble corazón! -exclamó Alberto, dando un abrazo a Beauchamp.
-Tomad -dijo Beauchamp presentando los papeles a Alberto
-Vamos -dijo Beauchamp, cogiéndole ambas manos-. Anima, amigo mío.
-¿Pero de dónde salió era primera nota inserta en vuestro periódico? -dijo Alberto-. Hay en todo esto un odio secreto, un enemi go invisible.
-Y bien -dijo Beauchamp -, razón de más. Alberto, que desaparezcan de vuestro rostro todas las señales de conmoción. Lle vad este dolor dentro de vos, como la nube lleva en su seno la desolación y la muerte. Secreto fatal que sólo se conoce cuando se desencadena la tempestad. Reservad vuestras fuerzas, amigo mío, para aquel momento, si llegase.
-¿Pero creéis que no hemos concluido aún? -dijo Alberto.
-Yo nada creo, amigo mío, pero al fin todo es posible. Este los recibió con mano convulsiva, los apretó, los iba a romper, pero temiendo que el viento se llevase la más pequeña partícula, y ésta viniese un día a darle en la frente, se fue a la bujía que ardía y quemó hasta el último fragmento.
-¿Qué? -preguntó Alberto, viendo que Beauchamp titubeaba.
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