El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.737
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-Imposible.
-Mi querido Alberto, aquí tenéis mi pasaporte, ved los refrendos, Génova, Milán, Venecia, Trieste, Delvino, Janina: ¿Creeréis a la policía de una república, un reino y un imperio?
Alberto bajó los ojos sobre el pasaporte y los levantó sorprendido sobre Beauchamp.
-¿Habéis estado en Janina? -dijo.
-Alberto, si hubieseis sido un extranjero, un desconocido, un simple lord como aquel inglés que vino a exigirme una satisfacción hace tres o cuatro meses, y a quien maté para desembarazarme de él, no me hubiese tomado, como conocéis, tanto trabajo, pero he creído que os debía esta consideración. He empleado ocho días en ir, ocho en volver, cuatro de cuarentena y cuarenta y ocho horas que he permanecido en Janina. Llegué anoche y aquí me tenéis ahora.
-¡Dios mío! ¡Dios mío!, cuántos circunloquios, Beauchamp, y cuánto tardáis en decirme lo que espero de vos.
-Es que, en verdad, Alberto...
-Diría que titubeáis.
-Sí, tengo miedo.
-¿Teméis confesar que vuestro corresponsal os engañó? ¡Oh!, dejad el amor propio, Beauchamp, confesadlo, nadie puede dudar de vuestro valor.
-¡Oh!, no es eso-dijo el periodista-, al contrario...
Alberto palideció horriblemente, procuró hablar, pero la palabra expiró en sus labios.
-Amigo mío -dijo Beauchamp con el tono más afectuoso-, creed que me consideraría dichoso al presentaros mis excusas, y que lo haría de todo corazón, pero desgraciadamente...
-¿Pero qué?
-La nota tenía razón, amigo mío.
-¡Cómo! ¿Ese oficial francés...?
-Sí.
-Ese Fernando...
-Sí.
-El traidor que entregó las fortalezas del hombre a quien servía...
-Perdonadme sí os digo lo mismo que vos decís: ¡Ese hombre... es vuestro padre!
Furioso, hizo Alberto un movimiento para lanzarse contra Beauchamp, pero éste le contuvo, más con su dulce sonrisa, que con el brazo que extendió hacia él.
-Tomad, amigo mío -dijo-, ved ahí la prueba.
Y le entregó un papel que había sacado de su bolsillo.
Alberto lo abrió. Era una declaración de cuatro habitantes de los más notables de Janina, asegurando que el coronel Fernando Mondego, coronel instructor al servicio del visir Alí-Tebelín, había entregado el castillo de Janina por la cantidad de dos mil bolsas. Las firmas estaban legalizadas por el cónsul.
Alberto cayó aterrado sobre un sillón. Esta vez no le cabía la me nor duda, su apellido se hallaba escrito con todas sus letras. Así es que después de un momento de doloroso silencio, su corazón se oprimió, las venas de su cuello se hincharon extraordinariamente, y un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.
Beauchamp, que había mirado con profunda compasión al joven, se acercó a él y cediendo al dolor, le dijo:
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