El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.733
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Y tenías razón, porque las puertas del presidio se abrieron para ti de un modo inesperado. Un inglés llega a Tolón, había hecho voto de librar a dos hombres de la ignominia. Tú y lo compañero fuisteis los elegidos. Otra fortuna cae como llovida del cielo para ti. Encuentras dinero y tranquilidad al mismo tiempo. Puedes empezar a vivir otra vez como los demás hombres, cuando estabas condenado a arrastrar la penosa existencia de los presidiarios. Pero por tercera vez, miserable, lo pones a tentar a Dios. No tengo bastante -dijiste-, cuando nunca habías poseído tanto, y cometes otro crimen sin motivo, y que no tiene disculpa. Dios se ha cansado. Dios lo ha castigado.
Caderousse se iba debilitando por momentos.
-¡Quiero beber! -dijo-, tengo sed..., me abraso.
Montecristo le dio un vaso de agua.
-¡Infame Benedetto! -dijo Caderousse devolviendo el vaso-. ¿Y él escapará?
-Nadie escapará, Caderousse. Yo lo lo prometo. También Benedetto será castigado.
-Entonces -dijo Caderousse- también vos seréis castigado. Porque no habéis cumplido con los deberes que vuestro ministerio os impone..., debíais haber impedido que Benedetto me asesinase.
-¡Yo! -dijo el conde con una sonrisa que heló de espanto al mo ribundo-. ¿Cómo querías que impidiese que Benedetto lo matara, cuando acababas de romper lo puñal contra la cota de malla que resguardaba mi pecho? Quizá lo hubiera evitado si lo hubiese encontrado humilde y arrepentido. Pero lo encontré orgulloso y sanguinario, y dejé que se cumpliese la voluntad de Dios.
-¡No creo en Dios! -aulló Caderousse-, y tú tampoco crees en El... ¡Mientes, mientes!
-Calla -dijo el abate-, porque obligas a salir de lo cuerpo las últimas gotas de sangre que lo quedan. ¡Ah!, no crees en Dios, y mueres herido por Dios. ¡Ah!, no crees en Dios, y Dios, que sólo exige una súplica, una palabra, una lágrima para perdonar... Dios, que podía dirigir el puñal del asesino de modo que expirases en el acto..., lo concedió un cuarto de hora para arrepentirte... ¡Vuelve en ti, desventurado, y arrepiéntete!
-No -dijo Caderousse-, no me arrepiento; no hay Dios, no hay Providencia, no hay más que casualidad.
-Hay una Providencia, hay un Dios -dijo Montecristo-, y la prueba la tienes en que estás tú ahí, tirado, deses perado y renegando de Dios, cuando me ves a mí rico, feliz, sano y salvo, y rogando a ese mismo Dios en quien tú tratas de no creer, y en quien, no obstante, crees en el fondo de lo corazón.
-Pues entonces, ¿quién sois vos? -preguntó Caderousse clavando sus moribundos ojos en el conde.
-¡Mírame bien! -dijo Montecristo cogiendo la bujía y acercándosela a la cara.
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