El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.725
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Entretanto, Montecristo se quitó la levita, la corbata y dobló el cuello de su camisa. En seguida se le vio con una sotana, y sus cabellos ocultos por una peluca tonsurada, el sombrero triangular le acabó de disfrazar completamente, cambiándole en un abate.
El hombre, que no había vuelto a oír nada, se había levantado, y mientras el conde concluía su metamorfosis, se había acercado al secreter, haciendo esfuerzos por abrirlo con la ganzúa.
-Trabaja, que para rato tienes -dijo el conde para sí, pues la cerradura no era de las comunes, y el ladrón no conocía el secreto. Dirigióse a la ventana.
El hombre que había visto subido en el poste había vuelto a bajar y se paseaba inquieto por la calle. Cosa extraña, en lugar de observar si venía alguien bien por la entrada de los Campos Elíseos, bien por el arrabal de Saint-Honoré, parecía que solamente se ocupaba de lo que pasaba en casa del conde. Montecristo llevó la mano a la frente y una sonrisa se escapó de sus labios entreabiertos, y acercándose a Alí le dijo:
-Quédate aquí, oculto en la oscuridad, y oigas lo que oigas no salgas, si no lo llamo por lo nombre.
Alí hizo con la cabeza señal de que había comprendido y que obedecería.
Montecristo sacó entonces de un armario una vela encendida, y en el momento en que el ladrón estaba más atareado con la cerradura, abrió la puerta sin hacer ruido, cuidando de que la luz que tenía en la mano diese toda de lleno en la cara del ladrón. La puerta se había abierto tan sigilosamente, que éste no se dio cuenta, y con admiración suya vio iluminarse de pronto el cuarto. Volvióse de repente.
-Buenas noches, querido señor Caderousse -dijo Montecristo-, ¿qué venís a buscar aquí a esta hora?
-¡El abate Busoni... ! -gritó Caderousse.
Y no sabiendo cómo aquella extraña aparición se había efectuado, pues él había cerrado las puertas, dejó caer de la mano las ganzúas y permaneció inmóvil, como herido por un rayo.
El conde se colocó entre Caderousse y la ventana, cortando de este modo al ladrón aterrado su única retirada.
-¡El abate Busoni! -exclamó de nuevo Caderousse clavando en el conde sus espantados ojos.
-¡Y bien! Sin duda: el abate Busoni -respondió Montecristo-, el mismo en persona, y tengo un placer en que me hayáis reconocido,
mi querido señor Caderousse; eso prueba que tenéis buena memoria, porque si no me equivoco, hace diez años que no nos vemos.
Aquella calma, aquel poder, aquella fuerza hirieron el ánimo de Caderousse de un terror espantoso.
-¡El abate! ¡El abate! -murmuró, con los dedos crispados y dando diente con diente.
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