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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.720

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Esta industria se ha perdido.
-Conque ---dijo Andrés-. ¿Hemos acabado? ¿Tienes alguna otra cosa que pedirme, quieres mi vestido? ¿Quieres mi gorra? Va mos, no tengas reparo en pedir.
-No; en el fondo eres un buen camarada. Anda ya con Dios. Haré lo posible por curarme de mi ambición.
-Pero ten cuidado que al vender el diamante no lo suceda lo que temías que lo sucediera por las monedas de oro.
-No lo venderé. No temas.
-Hoy o mañana, a más tardar -dijo el joven para sí.
-Tunantuelo afortunado -añadió Caderousse-, ¿ahora vas a buscar tus lacayos, tus caballos, lo carruaje y lo novia?
-Sí -dijo Andrés.
-Mira, espero que el día que lo cases con la hija de mi amigo Danglars me harás un buen regalo.
-Ya lo he dicho que se lo ha puesto esa tontería en la cabeza...
-¿Qué dote tiene?
-Ya lo digo...
-¿Un millón?
Andrés se encogió de hombros.
-Vamos, sea un millón. Nunca tendrás tanto como yo lo deseo.
-Gracias.
-Lo digo de corazón -añadió Caderousse riendo fuertemente-. Espera, lo acompañaré.
-No lo molestes.
-Es preciso.
-¿Por qué?
-¡Oh!, porque la puerta tiene un pequeño secreto. Una medida de precaución, que me ha parecido conveniente adoptar. Una cerradura de Huret y Fichet, revisada y añadida por Gaspar Caderousse. Cuando seas capitalista, lo haré otra igual.
-Gracias -dijo Andrés-. Te lo avisaré con ocho días de anticipación.
Y se separaron. Caderousse permaneció en la escalera, hasta que vio a Andrés bajar todos los pisos y atravesar el patio. Entonces entró precipitadamente, cerró la puerta, y se puso a estudiar como un concienzudo arquitecto el plano que había trazado Andrés.
-Me parece -dijo - que mi querido Benedetto desea cobrar cuanto antes su herencia y que no será mal amigo suyo el que le anticipe el día de entrar en posesión de s us quinientos mil francos...
Capítulo segundo

La fractura
Al día siguiente, el conde de Montecristo marchó efectivamente a Auteuil con Alí, con muchos criados y con los caballos que quería probar. La llegada de Bertuccio, que volvía de Normandía, con noticias de la casa y de la corbeta, determinó este viaje, en el que el conde no pensaba la víspera.
La casa estaba dispuesta y la corbeta hacía ocho días que se hallaba al ancla en una rada pequeña después de haber cumplido con las formalidades exigidas, y pronta a darse de nuevo a la vela. El conde
alabó el celo de Bertuccio. Le dijo que se preparase a partir pronto, pues su permanencia en Francia podría durar un mes.


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