El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.718
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El conde de Montecristo es un original que le gusta ver el cielo de noche.
-¿Y los criados duermen cerca?
-Tienen habitaciones aparte. Imagínate una pequeña casa al entrar. La parte baja sirve para guardar varias cosas, y encima los cuartos de los criados mn campanillas que corresponden al principal.
-¡Ah! ¿Con campanillas?
-¿Qué decías?
-Nada. Digo que cuesta muy caro poner esas campanillas, y que no sirven para nada.
-Antes había un perro, que soltaban por la noche, pero le has lle vado a Auteuil, a la casa que tú conoces.
-¿Sí?
-Es una imprudencia, le decía yo, señor conde, porque cuando vais a Auteuil y os lleváis todos vuestros criados, la casa queda abandonada.
-Y bien, me preguntó, ¿y qué?
-Pues que el mejor día os roban.
-¿Y qué lo contestó?
-¿Qué me contestó?
-Sí.
-Bien, ¿qué me importa que me robes?
-Andrés, ¿sabes si tiene algún secreter con máquina?
-¿Cómo?
-Sí, de estas que sujetan al ladrón, y suena en seguida una pieza de música. Me han dicho que había una últimamente en la exposición.
-Tiene un secreter corriente, de caoba, y siempre está la nave puesta.
-¿Y no le roban?
-No, todos sus criados son fieles.
-Mucho dinero debe tener en ese secreter.
-Tendrá quizá... Es imposible saber lo que tiene.
-¿Y dónde está?
-En el primer piso.
-Dibuja el plano, como has hecho con la planta baja.
-Es fácil -y Andrés tomó de nuevo la pluma.
-Aquí, una antecámara y salón. A la derecha del salón, biblioteca y gabinete de trabajo; a la izquierda,
otro salón, el cuarto en que duerme y el gabinete en que se viste. En éste tiene el secreter. -¿Y tiene ventana ese gabinete? -Dos, aquí y aquí -y Andrés trazó las dos ventanas, que figura ban en el plano formando ángulo y como
una prolongación del dormitorio. Caderousse estaba pensativo. -¿Va con frecuencia a Auteuil? -preguntó. -Dos o tres veces por semana. Mañana debe ir y dormirá allí. -¿Estás seguro? -Me ha invitado a comer. -¡Qué vida! -dijo Caderousse-. Cama en París y casa en el campo. -Son las ventajas de ser rico. -¿Irás a comer? -Probablemente. -¿Cuando vas, pasas allá la noche? -Si quiero. En casa del conde estoy como en mi propia casa. Caderousse miró atentamente al joven, queriendo leer en sus ojos la verdad de sus palabras, pero
Andrés sacó la petaca, cogió un habano, lo encendió tranquilamente y se puso a fumar sin afectación. -¿Cuándo quieres tus quinientos francos? -preguntó a Caderousse. -Si los tienes, ahora mismo. Andrés sacó veinticinco luises. -Amarillo -dijo Caderousse-, no, no, gracias.
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