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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.704

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Si la limonada está pura, el jarabe no cambiará su color. Si, por el contrario, está envenenada, el jarabe se pondrá verde. Mirad.
El doctor vertió algunas gotas de limonada en el vaso, y al instante una especie de nube se formó en el fondo, tomó al principio un color azulado, después el de zafiro opaco, y últimamente, verde esmeralda. Al llegar a este color se fijó, por decirlo así, en él para no variar. El experimento no dejaba duda alguna.
-El desdichado Barrois ha sido envenenado con la nuez de San Ignacio -dijo d´Avrigny-, y lo afirmaré así ante Dios y ante los hombres.
Villefort no respondió, levantó los brazos al cielo, abrió sus espantados ojos y cayó sobre un sillón, como si le hubiese herido un rayo.
QUINTA PARTE
LA MANO DE DIOS
Capítulo primero

La acusación
El señor d´Avrigny hizo que el magistrado, que parecía cadáver, recobrara en seguida el conocimiento.
-¡Ah! ¡La muerte se ha apoderado de mi casa! -dijo el señor de Villefort.
-Decid más bien el crimen -respondió el doctor.
-¡Señor d´Avrigny! -gritó Villefort-, no puedo expresar lo que pasa por mí en este instante, no sé si es miedo, pesar o locura.
-Sí, lo creo -respondió d´Avrigny con calma -, pero me parece que es tiempo de obrar, es tiempo de que opongamos un dique a ese torrente de mortalidad. En cuanto a mí, me siento incapaz de guardar por más tiempo este secreto, si no es con la esperanza de vengar muy pronto a la sociedad y a las víctimas.
Villefort lanzó en derredor suyo una mirada sombría y murmuró:
-En mi casa -murmuró-, en mi casa.
-Vamos, magistrado -dijo d´Avrigny-, sed hombre. Intérprete de la ley, honraos a vos mismo por medio de una inmolación completa.
-¡Me hacéis estremecer, doctor! ¿Una inmolación?
-Ya lo he dicho.
-¿Sospecháis, pues, que alguien...?
-No sospecho de nadie. La muerte llama a vuestra puerta y va, no ciega, sino inteligente, de cuarto en cuarto, escogiendo sus víctimas. Y bien, sigo sus pasos, adopto la prudencia de los antiguos. Busco por todas partes, porque mi cariño para vos y el respeto a vuestra fa milia es una doble venda que cubre mis ojos...
-¡Oh!, hablad, hablad, doctor, tendré valor...
-Pues bien, señor, tenéis en vuestra casa, tal vez en el seno de vuestra familia, uno de esos fenómenos espantosos que aparecen una vez cada siglo. Locusta y Agripina, viviendo al mismo tiempo, son una excepción, que prueba el furor con que la Providencia quiso perder de una vez al Imperio romano, manchado con tantos crímenes.


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