El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.699
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En este momento entró Barrois.
_.¿Quién ha llamado? -preguntó Valentina.
-El doctor d´Avrigny -dijo Barrois, que no podía tenerse en
pie.
-¿Qué os ocurre, Barrois? -le preguntó Valentina.
El anciano no respondió, miraba a su amo con ojos desencajados, y con las manos agarrotadas buscaba apoyo para poder sostenerse.
-Pero va a caer -gritó Morrel.
En efecto, el temblor que se había apoderado de Barrois aumentaba gradualmente, y sus facciones, alteradas por los movimientos convulsivos de los músculos de la cara, anunciaban un ataque nervioso de los más intensos.
Las miradas de Noirtier, al ver así a Barrois, dejaban traslucir todas las emociones capaces de agitar el corazón de un hombre. Barrois dio algunos pasos para acercarse a su amo.
-¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Señor! -dijo-, pero qué tengo yo para... padezco mucho..., no veo... Mil puntas aceradas me atra viesan el cráneo. ¡Oh! ¡No me toquéis, no me toquéis!
Tenía los ojos completamente fuera de las órbitas, la cabeza caída hacia atrás y el cuerpo frío y rígido.
Valentina, espantada, lanzó un grito. Morrel la tomó en sus brazos, como queriéndola defender de un peligro desconocido.
-¡Señor d´Avrigny, señor d´Avrigny! -gritó Valentina con voz apagada-. ¡Venid, socorrednos!
Barrois dio una vuelta sobre sí mismo, retrocedió cuatro o cinco pasos atrás, tropezó y fue a caer a los pies del señor Noirtier, sobre cuya rodilla apoyó una mano gritando:
-¡Amo mío, mi buen amo!
En aquel instante el señor Villefort, atraído por los gritos, se pre sentó a la puerta del cuarto.
Morrel abandonó a Valentina, medio desmayada, y se retiró, escondiéndose en un ángulo de la sala, detrás de una cortina.
Pálido, cual si una venenosa serpiente hubiera aparecido a sus ojos, dejó caer una mirada helada sobre el desgraciado que agonizaba.
Noirtier estaba impaciente y aterrorizado. Su alma volaba al socorro del pobre anciano, su amigo, más que su criado. Se veía en su frente el terrible combate entre la vida y la muerte, sus venas estaban hinchadas y sus músculos contraídos.
Barrois, con la faz fatigada, los ojos sanguinolentos y el cuello caído, yacía en tierra, dando golpes en el suelo con las manos, mientras que sus piernas, tiesas y endurecidas, no podían doblarse. Una ligera espuma cubría sus labios y apenas respiraba.
Villefort permaneció un instante espantado, fijos los ojos en este cuadro que se le ofreció a sus ojos al entrar en el cuarto, y sin haber visto a Morrel.
-¡Doctor, doctor! -gritó, dirigiéndose a la puerta-, ¡venid, venid pronto!
-¡Señora, señora! -gritaba Valentina llamando a su madrastra, y sosteniéndose en la pared de la escalera-, venid, venid pronto, y traed vuestro frasco de sales.
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