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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.696

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-Este es mi empeño.
-Pues bien, señor mío, consiento en darme de estocadas con vos. Pero quiero tres semanas. Dentro de tres semanas me encontraréis para deciros: «Sí, el hecho es falso, y lo retracto, o bien: «Sí, el hecho es cierto», y desenvaino la espada, o saco las pistolas de la caja. Lo que vos elijáis.
-Tres semanas -exclamó Alberto-, pero tres semanas son tres siglos, durante los cuales estaré deshonrado.
-Si hubieseis seguido siendo mi amigo, os habría dicho: Paciencia, amigo mío; pero os habéis hecho mi enemigo, y os digo: ¿Qué me importa?
-¡Está bien! ¡Dentro de tres semanas! -dijo Morcef-. Pero, expirado ese plazo, no habrá dilación ni subterfugio que pueda dis pensaros...
-Caballero Alberto de Morcef -repuso Beauchamp levantando-, no puedo arrojaros por la ventana hasta tres semanas, es decir, en veinticuatro días, y hasta esta época no tenéis derecho para insultarme. Estamos a 29 de agosto, hasta el 21 de septiembre. Hasta entonces, creedme, y es un consejo de caballero el que voy a daros, excusemos los ladridos de dos perros encadenados a larga distancia uno de otro.
Y saludando con gravedad al joven, Beauchamp le volvió la espalda y entró en la imprenta.
Alberto se vengó en un montón de periódicos que dispersó a latigazos, después de lo cual se marchó, no sin haberse encaminado antes dos o tres veces hacia la puerta de la imprenta.
Mientras Alberto fustigaba el caballo de su cabriolé, vio al atravesar el bulevar a Morrel, que con la cabeza erguida pasaba por delante de los baños chinescos, viniendo por la puerta de San Martín y encami­nándose hacia la Magdalena.
-¡Ah! -dijo suspirando-. ¡He ahí un hombre feliz!
Casualmente Alberto no se equivocaba.
Efectivamente Morrel era feliz.
El señor Noirtier le había mandado llamar y tenía tanta ansiedad por saber la razón de ello, que no tomó un carruaje, fiándose más de sus dos piernas que de las cuatro de un caballo de alquiler. Partió, pues, ligero como un rayo, y se dirigió por la calle Meslay al arrabal de Saint-Honoré.
Caminaba con paso gimnástico, y el pobre Barrois apenas podía seguirle. En algo había de verse que Morrel tenía treinta y un años y Barrois sesenta. El primero estaba ebrio de amor, y el segundo sofocado por el gran calor. Estos dos hombres de intereses y de edad tan diversos, semejaban las dos líneas que forman el triángulo, que separadas de su base se reúnen en el vértice.
El vértice era el señor Noirtier, que envió a buscar a Morrel, recomendándole la prontitud, recomendación que, con gran disgusto de Barrois, seguía al pie de la letra.


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