El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.691
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Pero vámonos, os espero. Ambos subieron al carruaje de Montecristo, que los condujo en pocos instantes a la casa número 30. Montecristo condujo a Morcef a su gabinete, y le mostró un sillón. Ambos se sentaron. -Ahora hablemos con toda calma y sosiego -dijo el conde. -Bien veis que estoy perfectamente tranquilo. -¿Con quién vais a batiros? -Con Beauchamp. -¿Uno de vuestros amigos? -Con los amigos es con los que se bate uno siempre. -Dadme al menos una razón. -Tengo una. -¿Qué os ha hecho? -En su periódico de ayer hay.. . pero no, leed vos. Alberto mostró a Montecristo un periódico en que se leían estas palabras:
Nos escriben de Janina:
Hemos llegado a conocer un hecho importante ignorado hasta ahora, o al menos inédito. Los castillos que defendían la ciudad fueron entregados a los turcos por un oficial francés, en quien el visir AlíTebelín había depositado toda su confianxa. Este oficial se llamaba Fernando.
-Y bien -preguntó Montecristo-, ¿qué es lo que os sorprende en ese párrafo?
-¿Qué es lo que me sorprende?
-Sí. ¿Qué os importa que los castillos de Janina hayan sido entregados por un oficial llamado
Fernando? -Me importa, puesto que mi padre, el conde de Morcef, se llama Fernando. -¿Y vuestro padre servía a Alí-Bajá? -Es decir, combatía por la independencia de los griegos. Esa es precisamente la calumnia. -¡Ah, vizconde, hablemos razonablemente! -No es otro mi deseo. -Decidme: ¿Quién diablos sabe en Francia que el oficial Fernando es el mismo conde de Morcef, y
quién se ocupa ahora de Janina, que fue tomada en 1822 o en 1823, según creo?
-Ahí está precisamente la perfidia. Han dejado pasar tiempo para salir ahora con un escándalo que pudiera empañar una elevada posición. Pues bien, yo, heredero del nombre de mi padre, no quiero que sobre él haya ni aun la sombra de una duda. Voy a mandar a Beauchamp, cuyo periódico ha publicado esta nota, dos testigos, y la re tractará.
-Beauchamp no la retractará.
-Entonces nos batiremos.
-No, no os batiréis, porque os responderá que tal vez había en el ejército griego cincuenta oficiales que
se llamasen Fernando.
-A pesar de esa respuesta, nos batiremos. ¡Oh, quiero que esto desaparezca! Mi padre, un soldado tan noble..., una carrera tan ilustre... -O bien pondrá: «estamos seguros de que este Fernando nada tiene que ver con el conde de Morcef,
cuyo nombre de pila es también Fernando». -Quiero que se retracte de una manera más completa. No me contentaré con eso. -¿Y vais a enviarle vuestros padrinos? -Sí. -Haréis mal. -Lo cual quiere decir que me negáis el favor que venía a pediros.
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