El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.685
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A la primera palabra que pronunció ella, saltó de alegría.
-¡Salvados! -dijo Valentina.
-¡Salvados! -repitió Morrel, no pudiendo creer en semejante felicidad-. ¿Salvados, por quién?
-Por mi abuelo. ¡Oh! ¡Amadle mucho, Morrel!
Morrel juró amar al anciano con toda su alma, y este juramento lo pronunciaba con un placer tanto mayor, cuanto que desde aquel instante no sólo le amaba como a su amigo, sino que le adoraba como a un dios.
-Pero ¿cómo es posible? -preguntó Morrel-. ¿De qué medios se ha valido?
Valentina iba a abrir la boca para contárselo todo, pero se acordó de que había en el fondo de todo aquello un terrible secreto que no pertenecía sólo a su abuelo.
-Más tarde -dijo- os lo contaré todo.
-¿Pero cuándo?
-Cuando sea vuestra mujer.
Esto era poner la conversación en un estado en que Morrel accedía gustoso a todo cuanto le pedía Valentina. Dijo para sí que bastante era para un día lo que acababa de saber, pero no consintió en retirarse sino después de haber exigido la promesa de que vería a Valentina al día siguiente por la noche.
Esta prometió hacer lo que él quisiera.
Todo había cambiado a sus ojos, y seguramente le era menos difícil creer ahora que se casaría con Maximiliano, que convencerse una hora antes que no se casaría con Franz...
Durante este tiempo, la señora de Villefort había subido al cuarto del señor Noirtier, que la miró con aquellos ojos sombríos y severos con que acostumbraba hacerlo.
-Caballero -le dijo ella-, no necesito comunicaros que el casamiento de Valentina se ha desbaratado, puesto que aquí es donde ha tenido lugar este acto.
Noirtier permaneció inmóvil.
-Pero -continuó la señora de Villefort- lo que vos no sabéis es que yo siempre me había opuesto a tal enlace y que éste se iba a celebrar a pesar mío.
Noirtier miró a su nuera como pidiéndole una explicación.
-Ahora que se ha des hecho ese matrimonio, por el cual yo sabía la repugnancia que sentíais, voy a dar un paso que no podrían dar el señor de Villefort ni su hija.
Los ojos de Noirtier preguntaron qué pasó era éste.
-Vengo a suplicaros -continuó la señora de Villefort-, como la única que tiene derecho a hacerlo, porque no reportaré utilidad alguna de ello. Vengo a suplicaros que devolváis la herencia a vuestra nieta.
Los ojos de Noirtier permanecieron un instante inciertos. Evidentemente buscaba los motivos de este paso y no podía hallarlos.
-¿Puedo esperar, caballero, que vuestras intenciones estén en armonía con la súplica que vengo a haceros?
-Sí -indicó Noirtier.
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