El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.683
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-Al recobrar mi madre los sentidos, nos hallábamos delante del seraskier.
-Matadme -dijo-, pero respetad el honor de la viuda de Alí Tebelín.
-No es a mí a quien tienes que dirigirte -dijo Kourchid.
-¿A quién, pues?
-A lo nuevo amo.
-¿Quién es?
-Mírale ahí.
Y Kourchid nos mostró uno de los que habían contribuido más ka la muerte de mi padre -continuó la joven con cólera sombría.
-Luego -preguntó Alberto-, ¿fuisteis esclavas de aquel hombre?
-No -respondió Haydée-, no se atrevió a quedarse con nosotras, nos vendió a unos mercaderes de esclavos que iban a Constantinopla. Atravesamos Grecia y llegamos moribundas a la Puerta Imperial, atestada de curiosos que se hacían a un lado para dejarnos pasar, cuando de repente mi madre siguió con la vista la dirección de sus miradas, lanzó un grito y cayó, mostrándome una cabeza que había encima de la Puerta. Debajo de esta cabeza estaban escritas estas palabras:
«Esta es la cabeza de Alí-Tebelín, bajá de Janina.»
Yo me eché a llorar, procuré levantar a mi madre, pero estaba muerta.
Me condujeron al bazar. Un armenio rico me compró, me instruyó, me dio maestros, y cuando tuve trece años me vendió al sultán Mahmud.
.-Al cual -dijo Montecristo- yo la compré, como os he dicho, Alberto, por la esmeralda compañera de la que me sirve para guardar mis pastillas de hachís.
-¡Oh! ¡Tú eres bueno! ¡Tú eres grande!, señor -dijo Haydée besando la mano de Montecristo-, y yo soy feliz al pertenecerte.
Alberto estaba absorto. Apenas podía dar crédito a lo que acababa de oír.
-Acabad vuestra taza de té -le dijo el conde-, pues la historia ha concluido.
Retrocedamos un poco.
Franz había salido del cuarto de Noirtier tan aterrado, que la misma Valentina tuvo piedad de él.
Villefort, que sólo había articulado algunas palabras incoherentes y que había salido de su despacho, recibió dos horas después la siguiente carta.
«Después de las revelaciones de esta mañana, no podrá sup oner el señor Noirtier de Villefort que sea posible una alianza entre su familia y la del señor Franz d´Epinay, que se horroriza al pensar que el señor de Villefort, que parecía conocer los acontecimientos contados esta mañana, no le haya avisado antes.»
El que hubiese visto en este momento al procurador, abatido por el golpe, no hubiese pensado lo que preveía. En efecto, nunca hubiera creído que su padre llevaría la franqueza, más bien la rudeza, hasta contar semejante historia. Es cierto que el señor Noirtier nunca se había ocupado de aclarar este hecho a los ojos de su hijo, y éste había creído siempre que el general Quesnel, o el barón d´Epinay, había muerto asesinado y no en un duelo leal como se le había demostrado.
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