El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.680
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-Amigo -díjole mi madre-, cuando llegue la orden de lo amo, si lo envía el puñal, en lugar de matarnos a las dos con esa muerte que nos espanta, lo presentaremos el cuello y nos matarás antes con el mismo puñal.
-Está bien, Basiliki -respondió tranquilamente Selim.
De repente oímos unos fuertes gritos. Escuchamos. Eran gritos de alegría. El nombre del francés que había sido enviado a Constantinopla resonaba repetido por nuestros palicarios: Era evidente que traía la respuesta del sublime emperador y que esta respuesta era favorable.
-¿Y no os acordáis de ese nombre? -dijo Morcef pronto a ayudar a la narradora.
Montecristo le hizo una seña.
-No, no me acuerdo -respondió Haydée-. El ruido aumentaba. y oyéronse pasos más cerca de nosotros. Bajaban la escalera del subterráneo. Selim preparó su lama. Pronto apareció una sombra en el crepúsculo
azulado que formaban los rayos de luz al penetrar hasta la puerta de la cueva.
-¿Quién eres? -gritó Selim-. Pero quienquiera que seas, no des un paso más.
-¡Gloria al Sultán! -dijo la sombra-. Se le ha concedido el perdón al visir Alí, y no sólo puede vivir, sino que hay que devolverle su fortuna y sus bienes.
Mi madre profirió un grito de alegría y me estrechó contra su rnrazón.
-¡Detente! -le dijo Selim al ver que se lanzaba ya para salir-. ¡Sabes que necesito el anillo!
-Es verdad -dijo mi madre, y cayó de rodillas, levantándome hacia el cielo, como si al mismo tiempo que rogaba a Dios por mí, quisiera levantarme hacia El.
Haydée se detuvo por segunda vez, vencida por una emoción tal, que su frente pálida estaba bañada por el sudor, y su fatigada voz parecía incapaz de salir de su garganta.
El conde de Montecristo llenó un vaso de agua helada y se lo presentó, diciendo con una dulzura que dejaba traslucir una gran ternura:
-Valor, hija mía.
Haydée enjugó sus ojos y su frente, y prosiguió:
-Durante este tiempo nuestros ojos, acostumbrados a la oscuridad, habían reconocido al enviado del bajá. Era un amigo.
Selim le había reconocido, pero el valeroso joven no sabía más que una cosa: ¡Obedecer!
-¿En nombre de quién vienes? -dijo.
-Vengo en nombre de vuestro señor Alí-Tebelín.
-¿Sabes lo que debes entregarme, si vienes en nombre de Alí?
-Sí -dijo el enviado-, lo traigo su anillo.
Al mismo tiempo levantó su mano sobre su cabeza, pero estábamos demasiado lejos para conocer qué era lo que en ella tenía.
-No veo lo que tienes ahí -dijo Selim.
-Acércate -dijo el mensajero-, o me acercaré yo.
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