El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.678
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Preparóle agua helada, que bebía a cada instante, porque después de su retirada al quiosco se hallaba consumido por una fiebre ardiente. Perfumó su blanca barba y encendió su pipa, en la que a veces durante horas enteras seguía distraído con los ojos el humo que se dispersaba en el aire.
De repente hizo un movimiento tan brusco que yo me sobrecogí de miedo. Y sin apartar la vista del punto que reclamaba su atención, pidió su anteojo.
Mi madre se lo entregó, más blanca que el estuco contra el que se apoyaba. Yo vi temblar a mi madre.
-¡Una barca...!, ¡dos...!, tres... -murmuró mi padre-, ¡cuatro!
Y se levantó cogiendo sus armas, llenando de p ólvora, me acuerdo, la cazoleta de sus pistolas.
-Basiliki -dijo a mi madre con un visible estremecimiento-, éste es el instante que va a decidir de nosotros. Dentro de media hora sabremos la respuesta del sublime emperador. Retírate al sutr terráneo con Haydée.
-No quiero separarme de vos -dijo Basiliki-, si morís, señor, con vos quiero morir también.
-¡Idos al lado de Selim! -gritó mi padre.
-¡Adiós, señor! -murmuró mi madre, obediente a las órdenes de mi padre.
-¡Acompañad a Basiliki! -gritó mi padre a sus palicarios.
Pero a mí me habían olvidado. Me precipité hacia él y extendí mis manos. Me vio, a inclinándose hacia mí, puso sus abrasados labios sobre mi frente. ¡Oh!, ¡este beso! Este beso fue el último y aún lo siento sobre mi frente.
Al bajar distinguíamos a través de las ventanas las barcas, cuyo tamaño aumentaba sobre la superficie de las ondas, y que, semejantes a puntos negros, parecían ahora aves marinas deslizándose sobre el agua.
Durante este tiempo, veinte palicarios sentados a los pies de mi padre, y ocultos por los pedestales, esperaban con ojos inyectados en sangre la llegada de las barcas, y tenían preparados sus largos fusiles incrustados de nácar y de plata. Cartuchos en gran número estaban esparcidos sobre el pavimento. Mi padre miraba su reloj y se paseaba con angustia.
Fue lo que más me sorprendió cuando me separé de mi padre después de recibir de él su último beso.
Mi madre y yo atravesamos el subterráneo. Selim continuaba en su puesto. Al vernos se sonrió tristemente. Fuimos a buscar unos almohadones a la parte opuesta de la caverna, y nos sentamos al lado de Selim; en los grandes peligros se siente una impresión inexplicable y aunque yo era muy niña, conocía que pesaba sobre nuestras cabezas un grave desastre.
Alberto había oído contar, no a su padre, que jamás hablaba de ello, sino a sus conocidos, los últimos momentos del visir de Janina; había leído varios párrafos que los periódicos dedicaron a describir su muerte.
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