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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.675

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-Hablad, hablad, signora -dijo Alberto-, sabed que os escucho con un gozo inexplicable. Haydée se sonrió con tristeza. -¿Queréis que pase a mis otros recuerdos? -Os lo suplico -exclamó Alberto. -¡Pues bien!, tenía yo cuatro años, cuando un día fui despertada por mi madre. Estábamos en el palacio
de Janina, me tomó en sus brazos, y al abrir los ojos vi los suyos llenos de lágrimas. Sin pronunciar una palabra me llevó consigo violentamente. Al ver que lloraba, yo también iba a llorar. -¡Silencio, niña! -me dijo.
Generalmente, a pesar de los consuelos o de las amenazas maternas, caprichosa como todos los niños, seguía yo llorando, pero esta vez había en la voz de mi madre una entonación tai de terror, que al punto me callé.
Seguía caminando rápidamente.
Entonces vi que descendíamos por una escalera muy ancha. Delante de nosotros todas las servidores de mi madre llevando cofres, cajas, objetos preciosos, adornos, joyas, bolsas llenas de oro, descendían la misma escalera, o más bien se precipitaban por ella.
Detrás de las mujeres venía una guardia de veinte hombres arma dos con largos fusiles y pistolas, y vestidos con ese traje que conocéis en Francia desde que Grecia llegó a ser nación.
Algo de siniestro había, creedme -añadió Hydée moviendo la cabeza y palideciendo sólo al recordar este incidente-, en aquella larga fila de esclavos y de mujeres, adormecidas aún, o al menos así lo creía, porque lo estaba yo.
En la escalera veía sombras gigantescas que las antorchas hacían temblar en las bóvedas.
-¡Pronto, pronto! ¡No hay que perder un instante! -dijo una voz en el Tondo de la galería.
Esta voz hizo inclinarse a todo el mundo, a la manera que el
viento inclina con una de sus bocanadas un campo sembrado de espigas.
A mí también me hizo estremecer. Era la de mi padre. Iba el último, cubierto con un magnífico traje, y llevaba en la mano su carabina, que le había regalado vuestro emperador, y apoyado sobre su favorito Selim, nos conducía delante de sí, como conduce un pastor su rebaño de ovejas.
-Mi padre -dijo Haydée- era un hombre ilustre, conocido en toda Europa bajo el nombre de Alí-Tebelín, bajá de Janina y delante del cual ha temblado Turquía.
Alberto, sin saber por qué, se estremeció al oír estas, palabras, pronunciadas con un acento indefectible de altanería y dignidad. Parecióle ver brillar algo de sombrío y espantoso en los ojos de la joven, cuando, semejante a una pitonisa que evoca un espectro, despertó el recuerdo de aquella sangrienta figura, a quien su muerte hizo aparecer gigantesca a los ojos de Europa.


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