El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.673
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Montecristo y Haydée tomaban el licor árabe a la usanza de los árabes, es decir, sin azúcar.
La joven extendió la mano y tomó con el extremo de sus afilados dedos la taza de porcelana del Japón, que llevó a sus labios con el sencillo placer de un niño que bebe o come una cosa que ama con pasión.
Al mismo tiempo entraron dos mujeres con dos bandejas cargadas de helados y sorbetes que colocaron sobre dos mesitas destinadas a tal efecto.
-Mi querido huésped, y vos, signora -dijo Alberto, en italia no-, disculpad mi estupor. Estoy aturdido, y es natural. Me encuentro en Oriente, en el verdadero Oriente, no como yo lo he visto, sino como lo he soñado. En el seno de París, hace poco oía rodar los ómnibus y sonar las campanillas de los vendedores de limonada. ¡Oh!, signora , ¡que no sepa yo hablar griego!, entonces vuestra conversación, unida a este conjunto mágico, me haría recordar esta noche, como la noche más deliciosa de toda mi vida.
-Hablo bastante bien el italiano para dialogar con vos, caballero --dijo tranquilamente Haydée-, y haré todo lo posible, si os gusta el Oriente, para que lo encontréis aquí.
-¿De qué le he de hablar? -preguntó en voz baja Alberto a Montecristo.
-De lo que queráis. De su juventud, de sus recuerdos, y si queréis, de Roma, de Nápoles o de Florencia.
-¡Oh! -dijo Alberto-, no vale la pena teniendo una griega delante, hablarle de todo lo que debía de hablarse a una francesa. Dejadme que le hable de Oriente.
-Como gustéis, querido Alberto. Por otra parte, es la conversación que más le agrada.
Alberto se volvió hacia Haydée.
-¿A qué edad salisteis de Grecia? -preguntó.
-A los cinco años -respondió Haydée.
-¿Y os acordáis de vuestra patria? -preguntó Alberto.
-Cuando cierro los ojos, veo todo lo que he visto. Hay dos miradas: La mirada del cuerpo puede olvidar
a veces, pero la del alma recuerda siempre. -¿Y cuál es la época más remota de que tenéis memoria? -Apenas andaba. Mi madre, a quien llaman Basiliki, Basiliki quiere decir real -añadió la joven
levantando la cabeza- mi madre me cogía de la mano y cubiertas las dos con un velo, después de haber puesto en el fondo de la bolsa todo el oro que poseíamos, íbamos a pedir limosna para los prisioneros, diciendo:
-El que da a los pobres presta al Eterno. Luego, cuando estaba llena la bolsa, volvíamos al palacio, y sin decir nada a mi padre, enviábamos este dinero que nos habían dado, tomándonos por unas mendigas, a un convento que lo repartía entre los prisioneros.
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