El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.670
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-Eso es maravilloso-dijo Morcef. -No -repuso Montecristo-, es muy sencillo. Alí sabe que cuando se toma café o té, se fuma
generalmente. Sabe que he pedido té, sabe que he entrado con vos, oye que le llamo, sospecha la causa y como es de un país donde se ejerce la hospitalidad, con la pipa sobre todo, en lugar de una, trae dos. -Seguramente esa es una explicación como otra cualquiera, pero no es menos cierto que sólo vos...,
¿pero qué es lo que oigo...? Y Morcef se inclinó hacia la puerta, por la que, en efecto, entra ban sonidos parecidos a los de un arpa. -A fe mía, mi querido vizconde, esta noche la música os persigue. Acabáis de oír el piano de la señorita
Danglars, para oír luego la guzla de Haydée. -Haydée, ¡oh, qué nombre tan adorable! ¿Puede haber mujeres que se llamen Haydée, además de las que así se llaman en los poemas de Byron? -Desde luego. Haydée es un nombre muy raro en Francia, pero muy común en Albania y en Epiro. Es lo mismo que si dijeseis castidad, pudor, inocencia.
-¡Oh! ¡Eso es encantador! -dijo Alberto-. ¡Cómo me gustaría el que se llamasen nuestras francesas señorita Bondad, señorita Silencio, señorita Caridad cristiana! Decidme, si la señorita Danglars, en lugar de llamarse Clara-María-Eugenia, como la llaman, se llamase señorita Castidad-Pudor-Inocencia Danglars, ¡diablo! ¿No sería mu cho más hermoso?
-¡Loco! -dijo el conde-. No habléis tan alto, podría oíros Haydée.
-¿Y se enojaría, tal vez?
-No ---dijo el conde con aire altanero.
-¿Es amable? -preguntó Alberto.
-No es bondad, es deber; una esclava no se enfada nunca contra su amo.
-¡Vamos!, no os burléis. ¿Hay todavía esclavos?
-Sin duda, puesto que Haydée lo es mía.
-En efecto, vos no hacéis ni tenéis nada semejante a los demás. Esclava del señor conde de Montecristo es una posición en Francia. A juzgar por el modo con que empleáis vuestro dinero, ¿es un des tino que le valdrá cien mil escudos al año?
-¡Cien mil escudos! La pobre ha poseído mucho más. Ha venido al mundo sobre tesoros, al lado de los cuales no son nada los de las Mil y una noches.
-¿Es una princesa?
-Vos lo habéis dicho, y una de las principales de su país.
-Ya lo -sospechaba. ¿Pero cómo siendo princesa ha podido llegar a ser esclava?
-¿Y cómo llegó a ser Dionisio el Tirano, maestro de escuela? El azar de la guerra, mi querido vizconde, el capricho de la fortuna.
-¿Y su nombre es un secreto?
-Para todo el mundo, sí. No para vos, mi querido vizconde, que sois uno de mis amigos, y que lo guardaréis, ¿no es verdad que guardaréis el secreto?
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