El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.668
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Alberto se dirigió a Eugenia con la sonrisa en los labios.
Durante este tiempo Danglars se inclinó al oído del conde.
-Me habéis dado un excelente consejo -dijo-, estas dos palabras encierran toda una historia: Fernando y Janina.
-¡Ah, ah! -exclamó Montecristo.
-Sí. Ya os lo contaré. Pero llevaos al joven. Sólo de verle me turbo, a pesar mío.
-Eso es lo que hago. Va a acompañarme. Ahora, decidme, ¿persistís en que os envíe el padre?
-Más que nunca.
-Bien.
El conde hizo una seña a Alberto.
Los dos saludaron a las señoras y salieron. Alberto, con un aire indiferente a los desdenes de la señorita Danglars. Montecristo, repitiendo a la señora Danglars los consejos acerca de la prudencia que debe tener la mujer de un banquero en asegurarse su porvenir.
El señor Cavalcanti quedó dueño del campo de batalla.
Apenas los caballos del conde doblaron la esquina del bulevar, cuando Alberto se volvió hacia el conde, soltando una carcajada demasiado fuerte para no ser un poco forzada.
-¡Y bien -le dijo- Yo os preguntaré lo que el rey Carlos IX preguntaba a Catalina de Médicis después de la noche de San Bartolomé: ¿Qué tal he desempeñado mi papel?
-¿Cuándo y sobre qué? -preguntó Montecris to.
-Sobre la instalación de mi rival en casa del señor Danglars...
-¿Qué rival?
-¿Quién ha de ser? Vuestro protegido, el señor Andrés Cavalcanti.
-¡Oh!, dejémonos de bromas, vizconde. Yo no protejo al señor Cavalcanti, al menos en casa del señor Danglars...
-Y yo no me quejaría si lo hicieseis. Pero, felizmente, puede pasar sin vuestra protección.
-¡Cómo! ¿Creéis que hace la corte... ?
-Os lo aseguro. ¿No os habéis dado cuenta de sus miradas, sus suspiros, las modulaciones de sus sonidos armoniosos...? ¡Nada!, aspira a la mano de la orgullosa Eugenia. Palabra de honor, lo repito, aspira a la mano de la orgullosa Eugenia.
-¿Y eso qué importa, si no piensa más que en vos?
-No digáis eso, mi querido conde, ¿no veis la amabilidad con que me han tratado?
-¡Cómo ! ¿Quién...?
-Sin duda, la señorita Eugenia apenas me ha respondido, y la señorita de Armilly, su confidente, no me ha contestado en absoluto.
-Sí, pero el padre os adora -dijo Montecristo.
-¿El padre? Al contrario, me ha hundido mil puñales en el corazón. Puñales que sólo se introducen en la ropa, es verdad; puñales de tragedia, pero no era esa su intención.
-Los celos indican que hay cariño.
-Sí, pero yo no estoy celoso.
-¡El sí lo está!
-¿De quién? ¿De Debray?
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