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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.665

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Canto, según dicen mis maestros al menos; pues bien, ¡cosa extraña!, nunca he podido arreglar mi voz a ninguna otra, ni a las de soprano. ¡Es particular!
Danglars se sonrió de un modo significativo y exclamó:
-Enfadaos, enhorabuena. En cambio, mi hija y el príncipe -pro siguió, esperando sin duda conseguir el objeto deseado- han excitado la admiración general. ¿No os encontrabais allí, señor de Morcef?
-¿Qué príncipe? -preguntó Alberto.
-El príncipe Cavalcanti -repuso Danglars, que siempre se obstinaba en dar este título al joven.
-¡Ah! , ¡perdonad! -dijo Alberto-. Yo ignoraba que lo fuese. ¡Ah!, ¡el príncipe Cavalcanti cantó ayer con la señorita Eugenia! Estaría encantador, y siento vivamente no haberme hallado presente. Pero no pude asistir, porque tuve que acompañar a la señora de Morcef a casa de la baronesa de Chateau-Renaud, donde cantaban los alemanes.
Tras un momento de silencio, y como si nada hubiera ocurrido, repitió Morcef:
-¿Me será permitido saludar a la señorita Danglars?
-¡Oh!, aguardad, aguardad -dijo el banquero deteniendo al
joven-. ¿Oís esa deliciosa cavatina...? Ta, ta, ra, ra, ti, ta, ti, ta... eso es magnífico, ahora va a concluir..., dentro de un segundo. ¡Perfectamente! ¡Bravo, bravísimo, bravo!
Y el banquero empezó a aplaudir frenéticamente.
-En efecto ---dijo Alberto-, eso es magnífico, y es imposible comprender mejor la música de su país que como lo hace Cavalcanti. Habéis dicho que es príncipe, ¿no es verdad?, ¡pues bien!, si no lo es, lo harán, en Italia eso es muy fácil. Mas volviendo a nuestros adorables cantantes, deberíais hacernos un favor, señor Danglars; sin decir que hay un extraño, deberíais suplicar a la señorita Danglars y al señor Cavalcanti que cantasen un poco. ¡Es tan hermoso gozar de la música a cierta distancia y sin ver a los músicos, a fin de que ellos puedan entregarse a todo el entusiasmo de su corazón!
Esta vez Danglars se desconcertó al ver la irónica calma del joven. Llamando a Montecristo aparte le dijo:
-¡Y bien! ¿Qué os parece nuestro amante?
-¡Diantre! ¡Me parece frío, indudablemente, pero qué queréis, estáis comprometido!
-Sin duda, estoy comprometido. Pero a dar a mi hija a un hombre que la ame, y no a uno que no la ame. Ahí tenéis a ese amante frío como un mármol, orgulloso, como su padre. Si fuese rico, si poseyese la fortuna de los Cavalcanti, podría perdonársele. Todavía no he consultado a mi hija, pero si tuviese buen gusto...
-¡Oh! -dijo Montecristo-, no sé si me cegará mi amistad hacia él, pero os aseguro que el señor de Morcef es un joven muy simpático que hará feliz a vuestra hija, y que tarde o temprano llegará a ser algo, porque, en fin, la posición de su padre es excelente.


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