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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.663

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-Veo que participáis del error común -dijo la baronesa Danglars.
-¿Y qué error es ése? -dijo Montecristo.
-Que el señor Danglars no juega nunca.
-¡Ah!, sí, es verdad, señora; me acuerdo de que el señor Debray me dijo... a propósito, ¿qué ha sido de

él...?, hace tres o cuatro días que no le veo. -Yo tampoco -dijo la señora Danglars con un aplomo mila groso-. Pero comenzasteis una frase que no
habéis acabado. -¿Cuál? -Que el señor Debray os había dicho... -¡Ah!, es verdad. Me ha dicho que sacrificabais al demonio del juego. -He tenido afición durante algún tiempo, lo confieso -dijo la señora de Danglars-, pero ya no juego
nunca.
-Y hacéis mal, señora. ¡Oh!, las casualidades, hijas de la fortuna, son precarias, y si yo fuese mujer, y mujer de un banquero, por mucha confianza que tuviese-én la buena suerte de mi marido, porque en cuanto a especulación todo es gracia y desgracia, pues bien, por mucha confianza que tuviese en la buena suerte de mi marido, comenzaría por asegurarme una fortuna independiente, aunque tuviese que adquirirla poniendo mis intereses en manos que le fuesen desconocidas.
La señora Danglars se sonrojó. -Mirad -dijo Montecristo, como si nada hubiese visto-, se habla mucho de una jugada muy buena sobre los intereses de Nápoles.
-Bien, bien, no quiero pensar en ello -dijo vivamente la baronesa-. Pero verdaderamente, señor conde, ya hablamos demasiado de Bolsa. Parecemos dos agentes de cambio. Hablemos un poco de esos pobres Villefort, tan atormentados en este momento por la fatalidad.
-¡Oh!, ya lo sabéis. Después de haber perdido al señor de Saint-Merán tres o cuatro días después de su partida, acaban de perder a la marquesa, tres o cuatro días después de su llegada.
-¡Ah!, es verdad -dijo Montecristo-, ya me he enterado, pero como dice Claudio en Hamlet, es una ley de la naturaleza. Sus padres habían muerto antes que ellos, y los habrán llorado. Ellos morirán antes que sus hijos y sus hijos los llorarán.
-Pero aún no es eso todo.
-¿Qué queréis decir?
-Vos sabéis que iban a casar a su hija...
-Con el señor Franz d´Epinay... ¿Se ha desbaratado tal vez el casamiento?
-Ayer por la mañana, según parece, Franz les ha devuelto su palabra.
.-¡Ah, de veras... ! ¿Y se conocen las causas de esa ruptura?
-No.
-¿Qué me decís, señora...? Y el señor de Villefort, ¿cómo acepta esa desgracia?
-Como siempre, con filosofía.
En este momento entró Danglars solo.
-¡Y bien! -dijo la baronesa-. ¿Dejáis al señor Cavalcanti solo con vuestra hija?
-Y la señorita de Armilly -dijo el banquero-, ¿es que no es nadie?
Volvióse en seguida a Montecristo, diciendo:


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