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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.651

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Valentina dio algunos pasos para salir, pero luego el mismo señor de Villefort la detuvo.
-Esperad -dijo-, ¡yo os acompañaré!
-Perdonad, caballero-dijo Franz a su vez-, me parece que, puesto que por mí es por quien pregunta el señor Noirtier, yo soy quien debo acudir a su habitación; por otra parte, me aprovecharé de esta ocasión para presentarle mis respetos, no habiendo tenido ocasión de solicitar este honor.
-¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Villefort con visible inquietud-. No os incomodéis.
-Dispensadme, caballero -dijo Franz con el tono de un hombre que ha tomado una resolución-. Deseo no desperdiciar esta ocasión de probar al señor Noirtier que no ha tenido razón en concebir contra mí una aversión que estoy decidido a vencer con mi cariño.
Y sin dejarse detener más por Villefort, Franz se levantó a su vez y siguió a Valentina, que bajaba ya la escalera con la alegría de un náufrago que logra al fin asirse a una roca.
El señor de Villefort los siguió. Chateau-Renaud y Alberto de Morcef cambiaron una tercera mirada, más llena de asombro aún que las dos primeras.
Capítulo octavo

Las actas del club
El señor Noirtier esperaba vestido de negro, instalado en un sillón.
Cuando hubieron entrado las tres personas a las que deseaba ver, miró a la puerta, que al punto cerró su criado.
-Cuidado -dijo Villefort en voz baja a Valentina, que no podía disimular su alegría-, cuidado, pues si el señor Noirtier quiere comunicaros algo que impida vuestro casamiento, debéis hacer como si no le comprendierais.
Valentina se sonrojó, pero no respondió.
Villefort se acercó a Noirtier.
-Aquí tenéis al señor Franz d´Epinay -le dijo-. Le habéis lla mado, y al punto acude a vuestra llamada. Sin duda todos nosotros deseábamos esta entrevista hace mucho tiempo, y me alegraré de que os demuestre cuán poco fundada era vuestra oposición al casamiento de Valentina.
Noirtier no respondió sino por una mirada que hizo estremecer a Villefort.
Y con sus ojos hizo seña a Valentina de que se acercase.
En un momento, gracias a los medios de que se solía servir en las conversaciones con su abuelo, encontró la palabra llave.
Consultó entonces la mirada del paralítico, que estaba fija en el cajón de una cómoda colocada entre los dos balcones. Abrió el cajón y efectivamente encontró una llave.
Así que el anciano le hizo seña de que era lo que él pedía, los ojos del paralítico se dirigieron hacia un viejo buró, olvidado hacía muchos años, y que según todos creían no encerraba más que papeles inútiles.
-¿Queréis que abra el buró? -preguntó Valentina.


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