El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.646
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-La señorita de Villefort estará muy triste, ¿no es verdad? -dijo Debray a Franz.
-¡Oh!, caballero -respondió Franz-, suma mente triste. Esta mañana estaba tan pálida y tan demudada que apenas la conocí.
Estas palabras, en apariencia tan sencillas, desgarraron el corazón de Morrel. Aquel hombre había visto ya a Valentina, había hablado con ella.
Entonces fue cuando el joven oficial necesitó de toda su fuerza para resistir al vehemente deseo de violar su juramento.
Cogió el brazo de Chateau-Renaud y le arrastró consigo rápidamente hacia el panteón, delante del cual los empleados de las pompas fúnebres acababan de depositar dos ataúdes.
-Magnífica habitación -dijo Beauchamp dirigiendo una mirada al mausoleo-, palacio de verano y de invierno. Vos lo habitaréis también algún día, mi querido Epinay, porque pronto seréis de la familia. Yo, en mi calidad de filósofo, quiero una casita de campo, una fosa debajo de árboles sombríos, y nada de piedras sobre mi cuerpo. Al morir, diré a los que me rodean lo que Voltaire escribía a Pirón: Eo rus y punto concluido... ¡Vamos, qué diantre! ¡Valor, vuestra mujer hereda, después de todo! ´
-En verdad, Beauchamp -dijo Franz-, sois insufrible. Los asuntos políticos os han acostumbrado a reíros de todo y a no creer en nada. Pero, en fin, Beauchamp, cuando tengáis el honor de presentaros delante de hombres ordinarios, y la felicidad de dejar por un momento la política, tratad de no dejaros olvidado el corazón en la Cá mara de los diputados o en la de los pares.
-¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Beauchamp-, ¿qué es la vida? Una espera en la antesala de la muerte.
-Dejad a Beauchamp con sus ideas -dijo Alberto.
Y se retiró con Franz, abandonando a Beauchamp a sus discusiones filosóficas con Debray.
El panteón de la familia de Villefort formaba un cuadro de piedras blancas de una altura de veinte pies. Una separación interior dividía en dos departamentos a la familia de Saint-Merán y a la de Villefort, y cada una tenía su puerta. No se veía, como en las otras tumbas, esos innobles cajones superpuestos en los que una económica distribución encierra a los muertos con una inscripción que parece un rótulo. Todo lo que se veía por la puerta de bronce era una antesala sombría y severa, separada de la verdadera tumba por una pared.
En medio de esta pared estaban las dos puertas de que hablábamos hace poco, y que comunicaban con las sepulturas de Villefort y SaintMerán.
Allí podían exhalarse en libertad los gemidos y los ayes doloridos, sin que los transeúntes, que hacen de una visita al Padre Lachaise, una partida de campo o una cita de amor, pudiesen turbar con su canto, con sus gritos o con sus carreras la muda contemp lación o las oraciones bañadas de lágrimas del que visitaba la tumba.
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