El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.601
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dirigió a mí hace seis meses para adquirir las noticias que deseaba. Pero como yo ignoraba en qué época
estaría yo en París a punto fijo, le dirigí al señor Cavalcanti. -¿Andrés? -No, Bartolomé, el padre. -Muy bien, señor abate; no me resta ahora preguntaros más que una cosa, y os suplico en nombre del
honor de la humanidad y de la religión, que me respondáis pronto. -Hablad, caballero. -¿Sabéis con qué objeto ha comprado el señor de Montecristo una casa en Auteuil? -Cierto que sí, pues me ha hablado de ello. -¿Con qué objeto? -Con el de hacer un hospital de locos semejante al que ha fundado el barón de Pisani en Palermo.
¿Conocéis ese hospital? -He oído hablar de él, señor abate. -Es una institución magnífica. Y dichas estas palabras, el abate saludó al desconocido como con deseo de que le dejase proseguir su
interrumpido trabajo. El agente, ya sea que hubiera comprendido los deseos del abate, ya que hubiese acabado su interrogatorio, se levantó. El abate le condujo hasta la puerta. -Dais limosnas a menudo, y limo snas bastante crecidas -dijo el agente-, y aunque seáis rico, me
atreveré a ofreceros algo para vues tros pobres; ¿tendréis a bien aceptar mi oferta? -No, gracias, caballero, pues deseo que todo el bien que haga pro. venga de mí. -Sin embargo... -Nada, es una resolución invariable. Además, caballero, buscad; ¡ay!, ¡habrá tantos por el camino que
tengan necesidad de vuestro socorro! El abate saludó por última vez abriendo la puerta; el desconocido respondió a su saludo y salió. El carruaje le condujo a casa del señor de Villefort. Una hora después, el carruaje salió de nuevo, y esta vez se dirigió a la calle de Fontaine-Saint-Georges.
Detúvose en el número 5. Aquí vivía lord Wilmore. El desconocido había escrito a lord Wilmore para pedirle una cita, que éste fijó a las diez. Así, pues,
como el enviado del prefecto de policía llegó a las diez menos diez minutos, le respondieron que lord
Wilmore, que era sumamente puntual no había vuelto todavía, pero que volvería a las diez en punto. El desconocido aguardó en el salón. Este salón nada tenía de notable, y era como todos los salones de las fondas. Una chimenea con dos jarrones de Sèvres modernos, un reloj con un cupido extendiendo su arco, un
espejo roto en dos pedazos; a cada lado de este espejo dos grabados representando el uno a Homero con su guía, el otro a Belisario pidiendo limosna; un papel gris; sillería de paño en encarnado labrado de negro; tal era el salón de lord Wilmore.
Estaba iluminado por globos de cristal deslustrado que esparcían un débil reflejo muy a propósito para la fatigada vista del enviado del prefecto de policía.
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