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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.551

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-No lo creo -repuso Chateau-Renaud. -El mayor Bartolomé Cavalcanti... El señor conde Andrés Cavalcanti -anunció Bautista. Con una corbata de raso negro acabada de salir de manos del fabricante, unos bigotes canos, una
mirada tranquila, un traje de mayor adornado con tres placas y con cinco cruces, en fin, con el atuendo completo de un antiguo soldado, se presentó Bartolomé Ca valcanti, el tierno padre a quien ya conocemos. A su lado, luciendo un traje nuevo, se hallaba, con la sonrisa en los labios, el conde Andrés Cavalcanti, el respetuoso hijo que ya conocen también nuestros lectores. Los tres jóvenes hablaban juntos; sus miradas se dirigieron del padre al hijo, y se detuvieron
naturalmente más tiempo sobre este último, a quien examinaron detenidamente. -¡Cavalcanti! -exclamó Debray. -Bonito nombre -dijo Morrel. -Sí -dijo Chateau-Renaud-, es verdad; estos italianos tienen unos nombres bellos; pero visten tan mal. -¡Oh!, sois muy severo, Chateau-Renaud -repuso Debray-; esos trajes están hechos por uno de los
mejores sastres, y están perfectamente nuevos. -Eso es precisamente lo que me desagrada. Este caballero parece que se viste por primera vez. -¿Quiénes son esos señores? -preguntó Danglars al conde de Montecristo. -Ya lo habéis oído; los Cavalcanti. -Eso no me revela más que su nomb re. -¡Ah!, es verdad, vos no estáis al corriente de nuestras noblezas de Italia; quien dice Cavalcanti, dice
raza de príncipes. -¿Buena fortuna? -inquirió el banquero. -Fabulosa. -¿Qué hacen? -Procuran comérsela sin poder acabar con ella. Por otra parte, tienen créditos sobre vos, según me han
dicho, cuando vinieron a verme anteayer. Yo mismo los invité a que fuesen a veros. Os los presentaré. -Creo que hablan el francés con bastante pureza -dijo Danglars. -El hijo ha sido educado en un colegio del Mediodía, en Marsella o en sus alrededores, según creo. Le
encontraréis entusiasmado... -¿Con qué? -inquirió la baronesa. -Con las francesas, señora. Quiere absolutamente casarse en París. -¡Me gusta la idea! -dijo Danglars encogiéndose de hombros. La señora Danglars miró a su marido con una expresión que, en cualquier otro momento, hubiera
presagiado una tempestad; pero se calló por segunda vez. -El barón parece hoy muy taciturno -dijo Montecristo a la señora Danglars-; ¿quieren hacerlo ministro tal vez? -No, que yo sepa. Creo más bien que habrá jugado a la bolsa, que habrá perdido, y no sabe con quién
desfogar su malhumor. -¡Los señores de Villefort! -gritó Bautista. Las dos personas anunciadas entraron; el señor de Villefort, a pesar de su dominio sobre sí mismo,
estaba visiblemente conmovido. Al tocar su mano Montecristo notó que temblaba. -Decididamente sólo las mujeres saben disimular -dijo Montecristo mirando a la señora Danglars que dirigía una sonrisa al procurador del rey.


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