El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.501
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-No importa, señor conde. ..
El mayor tomó un sillón y se sentó.
-Ahora -dijo el conde-, ¿queréis tomar alguna cosa? ¿Un vaso de Jerez, de Oporto, de Alicante?
-De Alicante, puesto que tanto insistís, es mi vino predilecto.
-Lo tengo excelente; con un bizcochito, ¿verdad?
-Con un bizcochito, ya que me obligáis a ello.
Montecristo llamó; se presentó Bautista, y el conde se adelantó hacia él.
-¿Qué traéis? -preguntó en voz baja.
-EL joven está ahí -respondió en el mismo tono el criado.
-Bien, ¿dónde le habéis hecho entrar?
-En el salón azul, como había mandado su excelencia.
-Perfectamente. Traed vino de Alicante y bizcochos.
Bautista salió de la estancia.
-En verdad -dijo el mayor-, os molesto de una manera...
-¡Bah!, ¡no lo creáis! -dijo Montecristo.
Bautista entró con los vasos, el vino y los bizcochos.
El conde llenó un vaso y vertió en el segundo algunas gotas del rubí líquido que contenía la botella
cubierta de telas de araña y de todas las señales que indican lo añejo del vino. El mayor tomó el vaso lleno y un bizcocho.
El conde mandó a Bautista que colo case la botella junto a su huésped, que comenzó por gustar el Alicante con el extremo de sus labios, hizo un gesto de aprobación, a introdujo delicadamente el bizcocho en el vaso.
-De modo, caballero -dijo Montecristo-, ¿vos vivíais en Luca, erais rico, noble, gozabais de la
consideración general, teníais todo cuanto puede hacer feliz a un hombre? -Todo, excelencia -dijo el mayor, comiendo el bizcocho-, absolutamente todo. -¿Y no faltaba más que una cosa a vuestra felicidad? -¡Ay!, una sola-repuso el mayor. -¿Encontrar a vuestro hijo? -¡Ah! --exclamó el mayor tomando un segundo bizcocho- eso únicamente me faltaba. El digno mayor levantó los ojos al cielo a hizo un esfuerzo para suspirar. -Veamos ahora, señor Cavalcanti -dijo Montecristo-, ¿de dónde os vino ese´ hijo tan adorado? Porque a
mí me habían dicho que vos habíais permanecido en el celibato. -Así creía, caballero -dijo el mayor-, y yo mismo... -Sí -repuso Montecristo-, y vos mismo habíais acreditado ese rumor. Un pecado de juventud que vos
queríais ocultar a los ojos de todos.
El mayor asumió el aire más tranquilo y más digno que pudo, mientras bajaba modestamente los ojos, para asegurar su aplomo, o ayudar a su imaginación, mirando de reojo al conde, cuya sonrisa anunciaba siempre la más benévola curiosidad.
-Sí, señor -dijo-; falta que yo quería ocultar a los ojos de todos.
-No por vos -dijo Montecristo-, porque un hombre no se inquieta por esas cosas.
-¡Oh!, no por mí, ciertamente -dijo el mayor sonriendo ma liciosamente.
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