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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.400

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Página 400 de 970



-Exacto, excelencia. Corrí hacia el río, me senté en la ribera, y ansiando saber lo que contenía el cofre, hice saltar la cerradura con un cuchillo.
» Entre unos paños de finísima batista estaba envuelto un niño re cién nacido. Su rostro de color de púrpura y sus manos de color de violeta, anunciaban que debió sucumbir por una asfixia producida por ligamentos naturales arrollados alrededor del cuello. No obstante, como aún no estaba frío, procuré bañarle en el agua que corría a mis pies. En efecto, poco después creí sentir un ligero latido hacia la región del corazón. Desemb aracé su cuello del cordón que le rodeaba y como había sido enfermero en el hospital de Bastia, hice lo que hubiera hecho un médico en mi lugar, es decir, le introduje aire en los pulmones, y después de un cuarto de hora de inauditos esfuerzos, le vi suspirar y oí escaparse un grito de su pecho.
»Yo también lancé un grito, pero fue un grito de alegría. Dios no me maldice -dije-, puesto que permite que devuelva la vida a una criatura humana en cambio de la vida que he quitado a otra.
-¿Y qué hicisteis del niño? -preguntó Montecristo-, era una carga demasiado embarazosa para un hombre que tenía que huir.
-No tuve la menor idea de conservarle conmigo. Pero yo sabía que había en París un hospicio donde se recibía a estas pobres cria turas. Al pasar por la barrera declaré haber hallado aquel niño en el camino, y me informé. El cofre estaba allí y podía dar testimonio; los pañales de batista indicaban que el niño pertenecía a padres ricos, la sangre de que yo estaba cubierto podía pertenecer lo mismo a la cria tura que a cualquiera otra persona. No pusieron ninguna dificultad, entonces me dieron las señas del hospicio, que estaba situado en la calle del Infierno. Y después de haber tomado la precaución de cortar el pañal en dos pedazos, de manera que una de las dos letras que lo marcaban envolviese el cuerpo del niño, mientras yo conservaba la otra, deposité mi carga en el torno, llamé, y empecé a correr sin descansar. Quince días después estaba de vuelta en Rogliano y decía a Assunta:
.-Consuélate, hermana mía, Israel ha muerto, pero le he vengado.
»Entonces me pidió la explicación de estas palabras, y le conté todo lo que había pasado.
»-Juan -me dijo Assunta-, debiste traerte ese niño, le hubiésemos hecho de padres, le hubiésemos llamado Benedetto, y en favor de esa buena acción Dios nos bendeciría seguramente.
»Por toda respuesta, le di la mitad del pañal que había conservado a fin de hacer reclamar el niño si algún día llegábamos a ser ricos.


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