El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.201
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-Si volvéis a ver a Edmundo, decidle que mu ero bendiciéndole.
El abate se levantó, dio unos cuantos pasos por el cuarto, llevándose ambas manos a la cabeza.
-¿Y vos creéis que ha muerto...?
-De hambre, caballero, de hambre -dijo Caderousse-, os lo aseguro, tan cierto como que los dos somos
cristianos. El abate cogió el vaso de agua medio lleno con una mano convulsiva, lo bebió de un solo sorbo, y se
volvió a sentar con los ojos inflamados y las mejillas pálidas. -Confesad que es una desgracia -dijo con voz ronca. -Tanto mayor cuanto que Dios no se ha mezclado en nada; los hombres únicamente tienen la culpa de
todo.
-Pasemos, pues, a hablar de esos hombres -dijo el abate-pero pensad que os habéis comprometido a decírmelo todo; veamos, ¿qué hombres son esos que han hecho morir al hijo de desesperación y al padre de hambre?
-Dos hombres celosos de él, caballero. El uno por amor, el otro por ambición: Fernando y Danglars.
-Y, decidme, ¿cómo se manifestaron esos celos?
-Denunciaron a Edmundo como agente bonapartista.
-Pero ¿quién de los dos le denunció ? ¿Quién de los dos fue el verdadero culpable?
-Ambos, caballero; el uno escribió la carta, el otro la echó al correo.
-¿Y dónde se escribió la carta?
-En la misma Reserva, la víspera del casamiento.
-Eso es, eso es -murmuró el abate-. ¡Oh! ¡Faria! ¡Faria! ¡Qué bien conocíais los hombres y las cosas!
-¿Qué decís, caballero? -preguntó Caderousse.
-Nada -replicó el sacerdote-. Proseguid.
-Danglars fue quien escribió la denuncia con la mano izquierda, para que su letra no fuese conocida, y
Fernando quien la envió. -Pero-exclamó de repente el abate-, vos estabais allí... -¿Yo? -dijo Caderousse asombrado-. ¿Quién os ha dicho que yo estaba? El abate comprendió que se había adelantado demasiado. -Nadie -dijo-, pero para estar tan al corriente de todos esos detalles, es preciso que hayáis sido testigo
de ellos. -Es verdad -dijo Caderousse con voz ahogada-, allí estaba. -¿Y no os opusisteis a esa infamia? -dijo el abate-. Entonces sois su cómplice. -Caballero -dijo Caderousse-, me habían hecho beber los dos hasta el punto que perdí la razón. Todo lo
veía como a través de una nube. Dije cuanto puede decir un hombre en ese estado, pero me dijeron que sólo era una chanza lo que habían intentado hacer y que esta chanza no tendría consecuencias. -Al día siguiente... al día siguiente... ya visteis que tuvo consecuencias; sin embargo, no dijisteis nada, y estabais allí cuando le prendieron.
-Sí; estaba allí, y quise hablar, quise decirlo todo, pero Danglars me contuvo: «Y si es culpable, por casualidad, si verdaderamente ha arribado a la isla de Elba, si está encargado de una carta para la Junta bonapartista de París, si le encuentran esa carta, los que le hayan sostenido pasarán por cómplices suyos.
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