El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.127
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-¡Ah! ¡Si no hubiera centinela!
-Si vos queréis, no lo habrá -dijo Dantés, que había seguido el curso de su pensamiento a través de las arrugas de su frente, como a través de un cristal.
-Ya os dije que el crimen me repugna -repuso el abate.
-Y, sin embargo, si cometiéramos ese crimen, sería por instinto de conservación, por un sentimiento de defensa personal.
-No importa, yo sería incapaz de...
-Pero ¿pensáis en ello?
-A todas horas, a todas horas -murmuró el abate.
-Y habéis encontrado algún medio, ¿no es así? -dijo Edmundo.
-Sí, como pusieran en la galería un centinela ciego y sordo.
-Será ciego y sordo -respondió Dantés con una resolución que asustaba al abate.
-¡No!, ¡no!, ¡imposible! -exclamó éste.
Dantés quiso seguir hablando de aquello, pero Faria movió la cabeza y se negó a decir nada más. Pasaron tres meses.
-¿Tenéis fuerza? -le preguntó el abate un día.
Dantés, sin responderle, cogió el escoplo, lo dobló como un cayado, y lo volvió a su forma primitiva.
-¿Me prometéis no matar al centinela, sino en el último extre mo?
-Bajo palabra de honor.
-Entonces podemos ejecutar nuestro plan -dijo el abate.
-¿Cuánto tiempo necesitaremos?
-Un año, por lo menos.
-Pero ¿cuándo podemos empezar nuestros trabajos?
-Al instante.
-Ya lo veis, hemos perdido un año -exclamó Dantés.
-¿Creéis que lo hayamos perdido? -le replicó el abate.
-¡Oh! ¡Perdonadme! -dijo Edmundo sonrojándose.
-¡Callad! El hombre siempre es hombre, y vos uno de los mejores que yo haya conocido. Oíd mi plan.
El abate mostró entonces a Dantés un plano que había trazado, conteniendo su calabozo, el de Dantés y la excavación que juntaba uno con otro. En medio de este corredor estableció un ramal seme jante a los que se abren en las minas; por él llegaban a la galería del centinela, y una vez allí desprendían del suelo una baldosa, que en un momento dado se hun diría bajo el peso del centinela, que desaparecería en la excavación. Edmundo se abalanzaba entonces a él, cuando aturdido por el golpe de la caída no pudiera defenderse, le sujetaba, le ataba, y luego, saliendo por una de las ventanas de aquella gale ría, se descolgaban ambos por la muralla exterior, para lo cual les serviría la escala del abate.
Este plan era tan sencillo, que no podía menos de salir bien, y Dantés lo aplaudió con entusiasmo. Desde aquel instante se pusieron a trabajar los mineros con tanto más ardor cuanto que habían descansado mucho tiempo, y aquel trabajo, según todas las probabilidades, no era sino continuación del pensamiento íntimo y secreto de cada uno de ellos.
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