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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.101

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Al día siguiente ya no veía, y oía con mucha dificultad. El carcelero creyó que estaba enfermo de gravedad, y Edmundo confió ya en su muerte próxima. Así pasó todo el día. Cierto aturdimiento vago y un si es no es agradable, empezaba a apoderarse de él.
Ya se habían adormecido las convulsiones nerviosas de su estómago; se habían calmado los ardores de su sed. Al cerrar los ojos veía una multitud de resplandores brillantes, como esos fuegos fatuos que oscilan por la noche a flor de los terrenos fangosos: era el crepúsculo de ese ignoto país que se llama la muerte.
De repente, a las nueve de aquella misma noche, oyó en la pared en que se apoyaba su cama un ruido sordo y lento. Venían tantos animales inmundos a hacer ruido por aquel lado, que poco a poco se había acostumbrado Dantés a no despertar siquiera de sus sueños por cosa tan común allí; pero esta vez, ya que la abstinencia tuviese exaltados sus sentidos, ya que fuese el ruido, en efecto, extraordinario, o ya porque en los momentos supremos todo tiene importancia, Edmundo levantó la cabeza para oír mejor. Era una especie de frotamiento acompasado, que parecía provenir, o de unas enormes uñas o de unos dientes fortísimos, o en fin, de un instrumento que chocara con la piedra. Aunque debilitada, en la imaginación del joven bulló al punto esta idea falaz, fija constantemente en la de todo preso: ¡La libertad! La ocasión en que escuchaba aquel ruido, justamente cuando todo ruido muere. El ruido seguía oyéndose, sin embargo, y duró hasta tres horas sobre por más o menos, terminando en una especie de roce, como al arrastrar una cosa.
Horas más tarde se repitió más fuerte y más cercano. Empezaba Edmundo a interesarse en aquel trabajo que le hacía compañía, cuando entró el carcelero.
Habían pasado ocho días desde que decidió morir, y cuatro desde que empezó a poner en práctica su proyecto, y en todo este tiempo no había Edmundo dirigido la palabra a aquel hombre, ni respondido a las que él le dirigía preguntándole por su enfermedad, sino que por el contrario, siempre se volvía del otro lado cuando el carcelero le contemplaba atentamente. Mas hoy podía el carcelero oír aquel sordo ruido y alarmarse, y destruir acaso aquel yo no sé qué de esperanza, cuya idea deleitaba los últimos momentos de Dantés.
El carcelero le traía el almuerzo y Edmundo se incorporó en su cama, y ahuecando la voz se puso a hablar de todas las cosas posibles, de la mala calidad de su alimento, del frío que reinaba en el calabozo, maldiciendo y gruñendo, para tener el derecho de gritar más fuerte mente, y agotando la paciencia del carcelero, que precisamente aquel día había pedido para el preso enfermo caldo y pan tierno, y le llevaba ambas cosas.


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