El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.89
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cualquier cosa. -¿Está solo? -Sí. -¿Y cuánto tiempo hace? -Un año, con corta diferencia. -¿Y desde su entrada en el castillo está en el subterráneo? -No, señor, sino desde que quiso matar al llavero encargado de traerle la comida. -¿Ha querido matar al llavero? -Sí, señor: a ese mismo que nos viene alumbrando. ¿No es cierto, Antonio? -le preguntó el gobernador. -Como lo oye, señor -respondió el llavero. -¿Está loco este hombre? -Peor que loco, es el diablo. -¿Queréis que demos cuenta a la superioridad? -preguntó el inspector al gobernador. -Es inútil. Bastante castigado está. Ya raya en la locura, y según la experiencia que nuestras
observaciones nos dan, dentro de un año estará completamente loco. -Mejor para él -dijo el inspector-, pues sufrirá menos. Como se ve, era este inspector un hombre muy humano, y digno del filantrópico empleo que gozaba. -Tenéis razón, caballero -repuso el gobernador- y vuestra reflexión da a entender que habéis estudiado
la materia a fondo. En otro subterráneo que está separado de éste unos veinte pies y al cual se desciende por otra escalera, tenemos un viejo abate, jefe del partido de Italia in illo tempore, preso aquí desde 1811. Desde fines de 1813 se le ha trastornado la cabeza, y ya nadie le podría reconocer físicamente. Antes lloraba, ahora ríe; antes enflaquecía, ahora engorda. ¿Queréis verle antes que a éste? Su locura es divertida y os aseguro que no os entristecerá.
-A uno y otro veré -respondió el inspector-. Hagamos las cosas como se deben hacer.
Era ésta la primera vez que el inspector hacía una visita de cárceles, por lo que deseaba dar a sus jefes
buena idea de sí. -Entremos, pues, en éste -dijo. -Bien -respondió el gobernador, haciendo una seña al llavero, el cual abrió la puerta. A1 rechinar de las macizas cerraduras; al rumor de los pesados cerrojos, Dantés, que estaba acurrucado
en un rincón del calabozo re creándose deleitosamente en el exiguo rayo de luz que penetraba por un tragaluz con gruesísimos barrotes, Dantés, repetimos, levantó la cabeza. Viendo a un desconocido alumbrado por dos llaveros que llevaban antorchas encendidas, custodiado por dos soldados y respetado por el gobernador de tal manera que le hablaba con el sombrero en la mano, comprendió Dantés el objeto de su visita, y viendo en fin que se le presentaba coyuntura de hablar a una autoridad superior, saltó hacia él con las manos en actitud de súplica. Los soldados calaron bayoneta, temiendo que el preso se dirigiese al inspector con malas intenciones; éste retrocedió un paso, asustado. Dantés comprendió que le habían pintado a sus ojos como un hombre temible. Procuró entonces poner en su mirada cuanto de humildad y mansedumbre hay en el corazón humano, y con una elocuencia piadosa que admiró a todos los circunstantes trató de conmover al recién llegado.
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