El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.49
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-Sí, señor -respondió Dantés-. ¿Le conocéis?
-No -respondió el sustituto vivamente-. Un fiel servidor del rey no conoce a los conspiradores.
-¿Es una conspiración? -le preguntó Edmundo, que después de haberse creído libre empezaba de nuevo a asustarse-. De todos mo dos, os lo repito, señor, ignoraba el contenido de esa carta.
. -Sí -repuso Villefort con voz sorda-, pero no ignorabais el nombre de la persona a quien va dirigida.
-Era preciso que lo supiese para poder entregársela a él mismo.
-¿Y no se la habéis enseñado a nadie? -dijo Villefort leyendo y demudándose al mismo tiempo.
-A nadie; os lo juro por mi honor.
-¿Ignora todo el mundo que sois portador de una carta de la isla de Elba para el señor Noirtier?
-Todo el mundo, señor..., salvo la persona que me la entregó.
-Eso ya es mucho..., muchísimo-murmuró Villefort.
Su frente fruncíase cada vez más, a medida que proseguía la lectura de la carta: sus labios blancos, sus manos temblorosas, sus ojos sanguinolentos, hacían cruzar por el cerebro de Dantés las más dolorosas fantasías.
Terminada la lectura, el sustituto dejó caer la cabeza entre las manos, permaneciendo un instante como fuera de sí.
-¡Dios mío! ¿Qué ocurre de nuevo? -preguntó tímidamente Dantés.
Villefort no respondió, y al cabo de un rato volvió a levantar su rostro descompuesto para releer la misiva.
-¿Decís que no sabéis el contenido de esta carta? -volvió a preguntar a Edmundo.
-Os juro por mi honor -respondió Dantés -, que lo ignoraba, pero, ¡Dios mío!, ¿qué tenéis? ¿Estáis malo? ¿Queréis que llame?
-No, señor -dijo el sustituto levantándose vivamente-; no abráis la boca, no digáis una palabra. Yo soy quien manda aquí, no vos.
-Era, señor, no más que por ayudaros -dijo Dantés un tanto herido en su amor propio.
-De nada necesito; fue un mareo pasajero. Ocupaos de vos: dejadme a mí. Responded.
Dantés esperó el interrogatorio que auguraba este mandato; pero vanamente. Volvió el sustituto a caer en el sillón, y pasándose por la frente su mano fría se puso a leer la carta por tercera vez.
-¡Oh! ¡Si sabe lo que contiene esta carta, si sabe que Noirtier es padre de Villefort, estoy perdido, perdido para siempre!
Y de vez en cuando miraba de reojo a Dantés, como si quisiese penetrar ese velo impenetrable que cubre en el corazón los secretos que no s uben a los labios.
-¡Oh! No vacilemos -exclamó de repente.
-Pero en nombre del cielo -exclamó el desdichado joven-, si dudáis de mí, si sospecháis de mi honradez, interrogadme, que estoy dispuesto a contestaros.
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