El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.45
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En aquella frente despejada y ancha había adivinado la inteligencia, el valor en aquellos ojos fijos y aquel fruncido entrecejo, y la franqueza en aquellos labios gruesos y entreabiertos, que dejaban ver sus dientes, blancos como el marfil.
La primera impresión había sido favorable a Dantés; pero como Villefort había oído asegurar muchas veces como máxima de profunda política, que es bueno desconfiar de nuestro primer impulso, aplicó a la ocasión la máxima, sin tener en cuenta la diferencia que va del impulso a la impresión.
Por lo tanto, ahogó los sanos instintos que se despertaban en su corazón, compuso al espejo su fisonomía como para caso tan grave, y sombrío y amenazador sentóse delante de su bufete.
Un instante después entró Edmundo, que estaba muy pálido, aunque tranquilo y sonriendo. Saludó a su juez con cortés desembarazo, y se puso a buscar con los ojos una silla, como si estuviese en casa de su armador.
Entonces sus ojos tropezaron con la mirada impasible de Villefort, con aquella impasible mirada propia de los hombres de mundo, sin transparencia. Y esto hizo que el pobre joven reconociese cuál era su verdadera situación.
-¿Quién sois, y cómo os llamáis? -le preguntó Villefort hojeando las notas que recibiera del agente al entrar, notas que en un a hora habían alcanzado más que mediano volumen: tanto obra la corrupción de los espías en esto de prisiones.
-Me llamo Edmundo Dantés -respondió el joven con voz sonora y tranquila-; soy segundo de El Faraón, buque perteneciente a los señores Morrel e hijos.
-¿Vuestra edad?
-Diecinueve años -respondió Dantés.
-¿Qué hacíais cuando os prendieron?
-Hallábame en la comida de mi boda, señor -repuso el joven con voz literalmente conmovida, por el contraste que hacía aquel re cuerdo con su situación, y el sombrío rostro del sustituto, con la hermosa figura de Mercedes.
-¡Comida de boda! -repitió Villefort, estremeciéndose a pesar suyo.
-Sí, señor; voy a casarme pronto con una mujer a quien amo hace tres años.
A pesar de su ordinario estoicismo, conmovió a Villefort esta coin cidencia, que junto con la voz melancólica de Dantés, despertaba en el fondo de su alma una dulce simpatía. El también, como aquel joven, se casaba; él también era dichoso, y fueron a turbar su dicha para que él turbara a su vez la de aquel joven.
«Esta homogeneidad filosófica -pensó interiormente- sorprenderá mucho a los convidados, cuando yo vuelva a casa de Saint-Meran.»
En seguida, mientras Dantés esperaba que siguiese el interrogatorio, se puso a componer en su imaginación el discurso que debía de pronunciar, lleno de antítesis sorprendentes, y de esas frases pretenciosas que tal vez son tenidas por la verdadera elocuencia.
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